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Dioses Griegos, historia minotauro, leyendas griegas y mitos romanos

Cíclopes, los gigantes mitológicos

En la mitología griega, a los cíclopes se los describe como gigantes de un solo ojo en medio de la frente, poseedores de un carácter hostil y una naturaleza malvada. Algunos de ellos personificaban fenómenos atmosféricos como la tormenta, el trueno, el rayo, y otros eran constructores y artesanos.

Algunas leyendas dicen que los cíclopes eran ayudantes de Hefesto, el dios del fuego. La primera generación de cíclopes, según el poeta Hesíodo, estaba constituida por tres hijos de Urano y Gea, llamados Brontes, Estéropes y Arges (aunque algunas fuentes cambian a Arges por Acmónides o Piracmón). Su padre Urano los había encerrado en el Tártaro, pero Cronos (un titán hijo de Urano), los liberó para que lo ayudaran a derrocar y castrar al malvado padre, acto que dio nacimiento a Afrodita. Los cíclopes volvieron a ser encerrados hasta que Zeus los liberó para que forjaran sus rayos y le ayudasen a derrocar a Crono y a los otros Titanes.

La segunda generación de cíclopes es la que encontramos en La Odisea, una tribu de gigantes de un solo ojo que Ulises encuentra en la isla de Sicilia. Eran una raza salvaje, caníbal y fuera de la ley que no temía a dioses ni a hombres. Se dedicaban a pastar ovejas y al ver a Ulises desembarcar, el cíclope Polifemo lo encierra a él y a sus hombres en una cueva. Cada día devora a 2 de los hombres, hasta que Ulises idea un plan: emborracha al cíclope con vino y le dice que su nombre es Outys (nadie), para luego hundirle en el ojo una estaca que había afilado y endurecida al fuego. Ante los aullidos de dolor, los otros cíclopes acuden, pero Polifemo declara: “¡Amigos! Nadie me mata con fuerza y con engaños”, por lo que los demás cíclopes se retiran pensando que Polifemo grita en su borrachera. El ingenio de Ulises dio resultado y luego él y la tripulación escapan ocultos bajo los carneros del gigante cuando salen a pastar.

Además de su participación en La Odisea, el cíclope Polifemo es famoso además por el mito que comparte con Galatea.

El mito de Apolo, dios de las profecías

Según la mitología griega, Apolo (al que los romanos llamaron Febo), era fruto de la unión entre Zeus y Leto, hija de un titán. Hermano mellizo de Artemisa, diosa virgen y cazadora, era joven y apuesto y está representado por la imagen de un muchacho imberbe cuya frente está adornada con una corona de laurel y en cuyas manos se encuentra una lira (que le fue regalada por Hermes) o una cítara.

Subido en el carro dorado del Sol, que era tirado por cuatro espléndidos caballos blancos, recorría el cielo. Por ello, también se le asocia, incluso se le considera, como dios del Sol. Sin embargo, pesar de su juventud, belleza y majestuosidad, Apolo no fue afortunado en el amor.

El dios Apolo era un gran defensor de la música y de la poesía, y solía aparecer acompañado de las Musas, y también del deporte y de la ganadería (luego descubrirás que fue pastor en su época de destierro entre los mortales). Además, Apolo poseía el don de transmitir el don de la clarividencia a otros, y así hizo con Casandra. También se le atribuía el poder de curar, aunque fue su hijo, Asclepio, el que fue considerado como dios de la medicina.

Aparte de por ser uno de los descendientes directos del gran Zeus, Apolo, dios de la profecía, es conocido por los famosos y transitados oráculos que en su nombre funcionaban en la Antigua Grecia. Oráculos como el del Delfos, que es el que más relevancia ha conseguido a lo largo de la Historia. Por cierto, se convirtió en dios de este santuario situado en las montañas del Parnaso tras matar a Pitón, serpiente temida y legendaria.

Apolo fue considerado un dios equilibrado y templado en ocasiones, pero en otras se manifestó como tiránico y despiado, como cuando convirtió a Dafne, una ninfa, en árbol, tras enamorarse de ella cuando lo alcanzó una flecha de Eros, el dios del amor. Ella lo rechazó y él la castigó de esta manera. También se cuenta que violó a Creusa, hija de Erecteo, rey de Atenas, dejándola embarazada. Tiempo después ésta abandonaría al hijo nacido, Ion, en el templo de Delfos sin que Apolo supiera que era el padre (dato curioso teniendo en cuenta su elogiado poder de clarividencia).

Un suceso importante terrible en la historia de Apolo vino marcado por su progenitor, Zeus. Este ordenó a unos cíclopes que acabaran con la vida del hijo del bello dios, Asclepio, y así lo hicieron. Enterado Apolo, e inmenso en una ira descontrolada, mató a su vez a los cíclopes. Entonces Zeus intervino de nuevo y desterró a Apolo al mundo de los mortales, en donde tuvo que vivir como uno de ellos, sufriendo de todo cuanto sufrían ellos. Fue en este periodo cuando trabajó como pastor para Admeto, el por entonces rey de Tesalia, y se convirtió en defensor del ganado.

Fineos y las Arpías, seres mitologicos

Las Arpías (o Harpías) son genios de la tempestad, monstruos dañinos con forma de ave, cabeza de mujer y afiladas garras. Descienden desde las nubes emitiendo un chillido horrible, solo precedidas por una repentina ráfaga de viento o un relámpago, más rápidas que el viento del Oeste. Son los mastines de Zeus, siempre preparadas para el rapto y el robo.

Hay dos Arpías (aunque algunos autores añaden una tercera), hijas de Taumante y la ninfa del océano Electra. Sus nombres varían, aunque por lo general se trata de términos significativos que hacen referencia a sus habilidades: Aelo (vendaval), Nicótoe (victoriosa corredora), Ocípete (ala suave)… La leyenda más difundida acerca de estos seres cuenta cómo le amargaban la vida a un rey de Tracia llamado Fineo.

A Fineo, que había aprendido del dios Apolo el secreto de la profecía, Zeus le envió las Arpías como castigo por revelar misterios divinos. Cada vez que Fineo se disponía a comer, ellas se dejaban caer desde el cielo y le arrebataban del plato los manjares, dejando tan solo unas migajas, las suficientes como para que el rey sobreviviese durante otro día más de tormento.

La casual llegada de los Argonautas a su reino permitió a Fieno deshacerse de las Arpías, ya que estos accedieron a librarle de ellas a cambio de conocer el camino que debían seguir.

Se preparó como cebo un gran banquete que fue dispuesto frente al rey. En cuanto las Arpías aparecieron por el aire, dos de los argonautas, los hijos de Boreas, Zetes y Calais, quienes también tenían alas, desenvainaron sus espadas y salieron en persecución de los monstruos. Estaba escrito en el Destino que o las Arpías perecían a manos de los Boreadas o estos morirían en su caza.

La historia tiene varios finales…

Según una versión, los hermanos sucumbieron en el intento de acabar con las pérfidas aves, otra cuenta que lograron alcanzarlas: la primera cayó derribada en un río llamado desde entonces Harpís.

La segunda llegó a las islas Estrofíades o islas del Regreso, pero murió agotada por el esfuerzo realizado, al igual que su perseguidor.

Una tercera versión afirma que el dios Iris intercedió a favor de las Arpías cuando estaban a punto de ser alcanzadas, pues a fin de cuentas eran servidoras de Zeus. Para salvar su vida, estas prometieron dejar en paz a Fineo. Desde entonces se esconden en una oscura caverna de Creta.

Helena de Troya, mito de una tragica belleza

Schopenhauer dijo que la belleza es una carta de recomendación que nos gana de antemano los corazones. Pero además, ésta puede acarrear desgracias y calamidades.

En la cuna de la civilización occidental, nació una de las mujeres más famosas de los mitos, las leyendas y la cultura universal. Su nombre es sinónimo de belleza inigualable como también de guerra. Envidia de las diosas más poderosas y deseos de los reyes más ambiciosos; por a su gran belleza, fue raptada por el príncipe troyano Paris, dándole origen a la Guerra de Troya. La figura de Helena se ha convertido es el arcano del deseo y la desgracia.

Desde su concepción, Helena fue un personaje mitológico salpicado de erotismo. Sus padres fueron Leda y el dios Zeus. Ella, una reina mortal; él, amo y señor del Olimpo. Bajo el disfraz de un delicado y hermoso cisne, Zeus sedujo a Leda para yacer junto a ella, cuya pasión luego sería reclamada por su esposo Tindáreo, rey de Esparta.

Como resultado de esa misma noche de deseo, Leda puso dos huevos: de uno nacieron Helena y Pólux, ambos inmortales y supuestos hijos de Zeus, y del otro, Clitemnestra y Cástor, mortales considerados hijos de Tindáreo. Cástor y Pólux fueron considerados gemelos y se los conocía como Dioscuros.

Otra versión nos dice que Helena nació de la unión de Némesis, diosa de la venganza y la justicia, y Zeus, transformados ellos en oca y cisne. El huevo que puso Némesis llegó a las manos de Leda, quien cuidó de Helena como si fuera su auténtica madre.

En cualquier caso, la mitología cuenta que la joven Helena era famosa por su belleza insuperable. Un día fue sorprendida y raptada por Teseo, el héroe ateniense. Pero al regresar a su cuidad, el pueblo no permitió la entrada de la bella espartana, por lo que Teseo la condujo junto a su madre Etra. Luego se marchó al Hades para raptar a Perséfone con la ingenua intención de convertirla en esposa de su amigo Pirítoo, y durante esa estancia, los Dioscuros rescataron a Helena y tomaron como prisioneras a la madre de Teseo y a la hermana de Pirítoo, para conducirlas hasta Esparta y convertirlas en esclavas.

El tiempo pasó, Helena creció y su belleza también. Presos de su legendaria hermosura, pretendientes de todos los rincones de Grecia acudieron a ella para desposarla. El futuro marido no sólo sellaría su futuro junto a la mujer más deseada del mundo conocido, sino que además ocuparía el trono de Esparta.

Los amores de Helena de Troya

La bella Helena de Esparta ya había sufrido los deseos desenfrenados de un hombre irracional cuando Teseo la raptó y luego fue rescatada por sus hermanos Castor y Pólux. Cuando alcanzó la edad para casarse, su padre Tindáreo temía una guerra entre los pretendientes, por lo que –siguiendo el consejo de Ulises- convocó a todos los candidatos para un juramento que consistía en acatar la decisión de Helena y auxiliar al futuro rey si en algún momento su esposa le fuese disputada. Una vez realizado el juramento, Helena escogió como marido a Menelao, hermano de Agamenón, rey de Micenas, que, a su vez, se casó con su hermana Clitemnestra.

Mientras tanto, en Troya se llevó a cabo el Juicio de Paris, donde la diosa Afrodita le había prometido a éste el amor de la mortal más hermosa del mundo, Helena, como premio por haberla elegido como la diosa más bella. Cuando Paris visitó Esparta, Afrodita provocó que profundo amor por el príncipe troyano Paris y ambos huyeron de Esparta, sin saber que su audaz escape desataría la más legendaria guerra de la historia: la guerra de Troya.

Algunas versiones declaran que los enamorados no fueron muy bien recibidos al llegar a Troya, mientras otras versiones afirman que todos los troyanos se enamoraron de Helena y que incluso el rey Príamo juró que nunca la dejaría marchar. La única verdaderamente sabia fue la hermana de Paris, Casandra, quien gracias a sus dones premonitorios advirtió la ruina de la ciudad, pero no fue escuchada, sino que castigada y recluida en una celda.

Los espartanos sitiaron Troya por diez años. Fuera de la ciudad amurallada ambos pueblos se disputaban ya no sólo a Helena, sino el poder. Todo esto dio origen a otras leyendas, dentro y fuera del territorio, antes, durante y después de la mítica guerra: la espera de Penélope, la muerte de Héctor y la del invencible Aquiles, el gran caballo de madera, la venganza de Electra, el mito de Eneas, los viajes de Ulises, etc. Cuando los espartanos lograron ingresar a la ciudad, la saquearon por completo.

El destino de Helena varían según las fuentes. Algunas dicen que fue divinizada y enviada a los Campos Elíseos o a la isla Leuce, en compañía de su legítimo esposo Menelao.

Otras declaran que en Leuce se casó con Aquiles y de la unión nació su hijo alado Euforión. Lo cierto es que el mito de Helena ha alimentado por siempre a poetas y artistas de todos los continentes, desde la Grecia clásica hasta la actualidad.

El juicio de Paris

En la mitología griega, el Juicio de Paris fue el desencadenante de la legendaria Guerra de Troya. Ha sido un tema recurrente en las artes por su relevancia poética y los efectos futuros que éste provocó. La decisión del joven príncipe troyano llevó a su propio pueblo a la ruina sólo por el amor de la más bella mujer.

Todo comenzó con la mítica boda de Tetis y Peleo, una importante celebración a la que estaban invitados dioses y mortales. Pero Eride, diosa de la discordia, no había sido recibido invitación, por lo que conjugó una venganza digna de su atributo: sembrar la discordia entre los invitados.

Se presentó entonces en la fiesta con una manzana de oro con la inscripción “Para la más bella”, la lanzó sobre la mesa donde se sentaban los dioses y se retiró. En ese momento, Atenea, Afrodita y Hera comenzaron a disputarse la manzana, lo que provocó una interminable disputa, hasta que Zeus tuvo que intervenir, clamando que la elección sería de un joven mortal. El afortunado –o desgraciado- fue el hijo del rey de Troya, llamado Paris. Zeus lo escogió porque el joven príncipe había vivido siempre alejado del mundo y de las pasiones humanas, y su juicio sería el más imparcial.

Las tres vanidosas diosas –más pasionales que los propios humanos- trataron de convencer a Paris ofreciéndole importantes recompensas. Hera le ofreció todo el poder que pudiera desear y hasta el título de Emperador de Asia; Atenea le ofreció la sabiduría y la victoria de cualquier guerra futura, y por último, Afrodita le prometió el amor de la mujer más bella del mundo. Paris proclamó como vencedora a Afrodita, sin saber que su decisión traería las peores consecuencias para su ciudad, ya que la hermosa mujer que había prometido la diosa era nada más y nada menos que Helena, la esposa de Menelao, rey de Esparta.

Troya y Esparta era dos pueblos con relaciones anteriores y durante una de las visitas de Paris a tierras espartanas, conoció a Helena. La promesa de Afrodita se cumplió cuando hizo despertar en ella una ferviente pasión por el joven troyano. Luego de haber estado una noche en su palacio, Paris se llevó a la bella Helena con él de regresó a Troya.

Colérico ante semejante ofensa, el rey Menelao nombró a su hermano Agamenón comandante en jefe para llevar a cabo el rescate de Helena que luego desembocó en la legendaria Guerra de Troya.

Las Moiras, dueñas del destino

No ha olvidado que tuvo otra vida. El recuerdo de unas viejas fotografías amarillentas que quedaron en su casa, a salvo de las llamas, le produce una cierta tristeza, pero es demasiado distante, como si no fuera de este mundo, como si realmente hubiera desaparecido para siempre. En su vivienda de Beijing, todavía se encontraba una foto de familia que le dejó su padre, ya fallecido, cuando la policía la precintó. Siempre que nacía un niño o una niña, las Moiras estaban presentes para asignarle su cuota de vida, de felicidad y de tristeza. Su destino quedaba fijado desde aquel momento, y difícilmente podría escapar a él.

Según la mayor parte de los autores, las Moiras (llamadas Parcas por los romanos) sumaban tres, y eran hijas de Érebo y la Noche. Se las conocía con los nombres de Cloto, Láquesis y Átropo. La primera hilaba el hilo de la vida, que era medido por la segunda y cortado por la tercera, acto con el cual la existencia del sujeto llegaba a su fin. Se las representaba habitualmente vestidas de blanco, viejas y solemnes, acompañadas por sus instrumentos: el huso, la vara de medir y las tijeras.

Las Moiras eran a la vez diosas de la vida y de la muerte. Al conocer el destino de los hombres conocían su futuro, por lo que se les atribuía también la capacidad de hacer profecías, al igual que al dios Apolo.

Además de establecer el destino de cada cual, se encargaban de que se cumpliese. Y en esto resultaban implacables. Cuando un asesinato no previsto truncaba el plan divino, enviaban a las temibles Erinias a castigar al agresor, y en algunas ocasiones podían llegar a restituir la vida al difunto. Un caso especial fue el de Admetos, a quien Apolo consiguió que le concediesen el privilegio de ser librado de la muerte una vez llegara su hora (siempre que algún voluntario ocupase su puesto). Algunos dicen que el dios obtuvo este favor de las Moiras tras emborracharlas.

Aunque, en principio, lo decretado por las Moiras era inflexible, Homero, sin embargo, consideraba que Zeus tenía potestad para salvar a alguien en el último momento si así lo deseaba, y que los hombres podían hasta cierto punto huir de sus designios, con tal de evitar determinadas situaciones. Después de todo, las Moiras no podían intervenir en la vida de los humanos de forma directa sino provocando causas intermedias.

No obstante, la idea generalizada consistía en que ni siquiera los dioses escapaban a las leyes del destino. Las Moiras también los acompañaban a ellos en su nacimiento, momento en el cual les asignaban una función y, a veces, incluso las tierras o países a los que estarían asociados como patronos. Hasta el mismo Zeus se encontraba sujeto a ellas, como él propio dios confesó a la Pitia de Delfos en un oráculo.

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