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Dioses Griegos, historia minotauro, leyendas griegas y mitos romanos

La juventud de Heracles

a. Alcmena, temiendo los celos de Hera, abandonó a su hijo recién nacido en un campo fuera de las murallas de Tebas, y allí, por instigación de Zeus, Atenea llevó a Hera a dar un paseo casual. «¡Mira querida, qué niño tan maravillosamente robusto! —exclamó

Atenea, simulando sorpresa, mientras se detenía para recogerlo—. Su madre debía de estar loca para abandonarlo en un campo pedregoso. Ven, tú tienes leche. ¡Dale de mamar a la pobre criaturita!» Irreflexivamente, Hera lo tomó y se desnudó el pecho, del que Heracles chupó con tal fuerza que el dolor hizo que la diosa lo arrojara al suelo; un chorro de leche ascendió al firmamento y se convirtió en la Vía Láctea.

«¡Pequeño monstruo!», exclamó Hera. Pero Heracles era ya inmortal y Atenea se lo devolvió sonriendo, diciéndole que lo conservara y lo criara bien. Los tebanos muestran todavía el lugar donde se le hizo a Hera esa treta, y lo llaman «La Llanura de Heracles».

b. Sin embargo, algunos dicen que Hermes llevó al infante Heracles al Olimpo, que Zeus mismo lo puso en el pecho de Hera mientras ésta dormía, y que la Vía Láctea se formó cuando ella se despertó y lo rechazó, o cuando él mamó vorazmente más leche de la que podía contener su boca y la arrojó tosiendo. De todos modos, Hera fue la madre de leche de Heracles, aunque sólo por poco tiempo; y por tanto los tebanos le llaman hijo suyo y dicen que se llamaba Alceo antes que ella le diera de mamar, pero cambió de nombre en su honor.

c. Una noche, cuando Heracles tenía ocho o diez meses de edad o, según dicen otros, un año, y estaba todavía sin destetar, Alcmena, después de lavar y amamantar a sus mellizos, los acostó para que descansaran bajo una colcha de lana de cordero, sobre el ancho escudo de bronce del que Anfitrión había despojado a Pterelao. A medianoche Hera envió dos prodigiosas serpientes de escamas azuladas a la casa de Anfitrión, con órdenes estrictas de dar muerte a Heracles. Las puertas se abrieron al acercarse ellas, se deslizaron por el umbral y por los pisos de mármol hasta el cuarto de los niños, con los ojos arrojando llamas y el veneno goteando de sus colmillos.

d. Los mellizos se despertaron y vieron a las serpientes retorcerse a su alrededor y sacando como dardos sus lenguas bifurcadas, pues Zeus volvió a iluminar divinamente la habitación. Ificles gritó, arrojó la colcha de un puntapié y en una tentativa para escapar rodó del escudo al suelo. Sus gritos de espanto y la extraña luz que resplandecía bajo la puerta del cuarto de los niños despertaron aAlcmena. «¡Levántate, Anfitrión!», exclamó. Sin esperar a ponerse las sandalias, Anfitrión saltó del lecho de madera de cedro, tomó su espada, que colgaba de la pared cerca de él, y la sacó de su vaina pulida. En aquel momento se apagó la luz en el cuarto de los niños. Mientras gritaba a sus esclavos soñolientos que acudieran con lámparas y antorchas, Anfitrión entró en la habitación, y Heracles, que ni siquiera había lanzado un sollozo, le mostró con orgullo las serpientes, que estaba estrangulando, una con cada mano. Cuando murieron, se echó a reír, se puso a saltar alegremente y arrojó las serpientes a los pies de Anfitrión.

e. Mientras Alcmena consolaba al aterrado Ificles, Anfitrión volvió a cubrir a Heracles con la colcha y fue a acostarse. Al amanecer, cuando el gallo había cantado tres veces, Alcmena llamó al anciano Tiresias y le refirió el prodigio. Tiresias, después de predecir las futuras hazañas de Heracles, aconsejó a Alcmena que hiciera una gran fogata con haces de aulaga, abrojos y zarzas, y quemara en ella a las serpientes a la medianoche. Por la mañana una sirvienta debía recoger las cenizas, llevarlas a la roca donde se había posado la Esfinge, diseminarlas a los vientos y alejarse corriendo sin mirar hacia atrás. A su regreso, el palacio debía ser purificado con vapores de azufre y agua de manantial salada, y su techo coronado con acebuche.

Finalmente, había que sacrificar un jabalí en el altar de Zeus. Todo eso hizo Alcmena. Pero algunos sostienen que las serpientes eran inofensivas y las puso en la cuna Anfitrión mismo; deseaba averiguar cuál de los mellizos era su hijo y así lo supo muy bien.

f. Cuando Heracles dejó de ser un niño, Anfitrión le enseñó a conducir un carro y a dar vuelta a las esquinas sin rozar las columnas. Castor le dio lecciones de esgrima y le instruyó en el manejo de las armas, las tácticas de la infantería y la caballería y los rudimentos de la estrategia. Uno de los hijos de Hermes fue su maestro de pugilato, bien Autólico o bien Harpálico, quien tenía un aspecto tan horrendo cuando peleaba que nadie se atrevía a enfrentarlo. Eurito le enseñó el manejo del arco; o quizás fuera el escita Teutaro, o uno de los pastores de Anfitrión, o inclusive Apolo. Pero Heracles pronto superó a todos los arqueros nacidos hasta entonces, inclusive a su compañero Alcón, padre del argonauta Palero, quien podía hacer pasar la flecha a través de una serie de anillos colocados en los yelmos de soldados puestos en fila, y hender flechas sujetas en las puntas de espadas o lanzas. En cierta ocasión, cuando el hijo de Alcón fue atacado por una serpiente que se enroscó a su alrededor, Alcón disparó contra ella con tal habilidad que la hirió mortalmente sin hacer el menor daño al muchacho.

g. Eumolpo enseñó a Heracles a cantar y tocar la lira, en tanto que Lino, hijo del dios fluvial Ismeno, le inició en el estudio de la literatura. En una ocasión en que Eumolpo estuvo ausente, Lino le dio también lecciones de lira; pero Heracles se negó a cambiar los principios que le había enseñado Eumolpo, y como Lino le golpeó por su terquedad, lo mató con un golpe de la lira. En su juicio por homicidio, Heracles citó la ley de Radamantis que justificaba la resistencia enérgica a un agresor, y así consiguió que lo absolviesen. Sin embargo, Anfitrión, temiendo que el muchacho pudiera cometer más delitos de violencia, lo envió a una hacienda de ganado, donde permaneció hasta que cumplió los dieciocho años, superando a sus contemporáneos en altura, fuerza y valor.

Allí lo eligieron portador del laurel del Apolo ismenio, y los tebanos todavía conservan el trípodeque le dedicó a Anfitrión en esa ocasión. No se sabe quién enseñó a Heracles la astronomía y la filosofía, pero estaba versado en ambas ciencias

h. Habitualmente se dice que tenía cuatro codos de altura. Sin embargo, puesto que él midió el estadio de Olimpia, calculándole seiscientos pies de longitud, y puesto que los estadios griegos posteriores tenían también nominalmente seiscientos pies de longitud, aunque eran mucho más cortos que el olímpico, el sabio Pitágoras dedujo que la longitud del paso de Heracles, y en consecuencia su estatura, tienen que haber estado, en relación con el paso y la estatura de otros hombres, en la misma proporción que la longitud del estadio de Olimpia con la de los otros estadios. Este cálculo le daba cuatro codos y un pie de altura. Pero algunos sos tienen que su estatura no pasaba del término medio.

i. Los ojos de Heracles fulguraban y tenía una puntería infalible, tanto con la jabalina como con la flecha. Comía parcamente al mediodía, y en la cena su comida favorita eran la carne asada y las tortas de cebada dorias, de las cuales comía las suficientes (si se puede creer eso) para que un jornalero hubiera gruñido: «¡Basta!» Su túnica era corta y limpia y prefería pasar la noche bajo las estrellas a dormir dentro de casa. Un profundo conocimiento de los agüeros lo llevaba especialmente a acoger de buen grado la aparición de buitres siempre que se disponía a emprender un nuevo trabajo. «Los buitres —decía— son las aves más nobles, pues no atacan ni siquiera a la menor criatura viva».

j. Heracles alegaba que nunca había buscado pendencia, sino que siempre había tratado a sus agresores como ellos se proponían tratarlo a él. Un tal Térmero acostumbraba matar a los viajeros desafiándolos a una lucha a topetazos; el cráneo de Heracles resultó el más fuerte y aplastó la cabeza de Térmeno como si hubiese sido un huevo. Pero Heracles era cortés de naturaleza y fue el primer mortal que devolvió espontáneamente al enemigo sus muertos para que los sepultara.

1. Según otro relato, la Vía Láctea se formó cuando Rea destetó por la fuerza a Zeus. El amamantamiento de Heracles por Hera es un mito que se basa aparentemente en el renacimiento ritual del rey sagrado de la reina madre.

2. Una ilustración antigua en la que se basa la fábula posthomérica de las serpientes estranguladas mostraría quizás a Heracles acariciándolas mientras le limpiaban las orejas con las lenguas, como le sucedió a Melampo, Tiresias, Casandra y probablemente los hijos de Laocoonte. Sin esta bondadosa atención no habría podido comprender el lenguaje de los buitres; y Hera, si realmente hubiera querido matar a Heracles, habría enviado a una harpía para que se lo llevase. La ilustración fue interpretada erróneamente por Píndaro, o su informante, como una alegoría del Niño del Nuevo Año Solar, que destruye el poder del Invierno, simbolizado por las serpientes. El sacrificio de un jabalí a Zeus realizado por Alcmena es el antiguo del solsticio hiemal, que sobrevive en la cabeza de jabalí navideña en la vieja Inglaterra. En Grecia el acebuche, como el abedul en Italia y el noroeste de Europa, era el árbol del Año Nuevo, símbolo de comienzo, y se lo utilizaba como una escoba para expulsar a los malos espíritusHeracles utilizaba como clava un acebuche y llevó un vastago a Olimpia desde el país de los Hiperbóreos. Lo que Tiresias le dijo a Alcmena era que encendiera la fogata de la Candelaria, que todavía se enciende el 2 de febrero en muchas partes de Europa: su propósito es quemar las viejas plantas achaparradas y facilitar el crecimiento de los nuevos retoños.

3. El Heracles dorio comedor de tortas, al contrario de sus cultos predecesores eolios y aqueos, era un simple rey del ganado, dotado con las limitadas virtudes de su condición, y no pretendía poseer conocimientos de música, filosofía o astronomía. En la época clásica los mitógrafos, recordando el principio de mens sana in corpore sano, le impusieron una educación superior e interpretaron su asesinato de Lino como una protesta contra, la tiranía, más bien que contra el afeminamiento. Pero siguió siendo una personificación de la salud física y no mental; excepto entre los celtas, quienes le honraban como el patrono de las letras y todas las artes de los bardos. Seguían la tradición de que Heracles, el dáctilo ideo al que llamaban Ogmius, representaba la primera consonante del alfabeto arbolar hiperbóreo, Abedul o Acebuche y que «en una varilla de abedul se talló el primer mensaje que se envió nunca, a saber, la palabra Abedul repetida siete veces».

4. La proeza de Alcón al matar a la serpiente sin herir a su hijo indica una prueba de ballestería como la descrita en el Malleus Maleficarum del siglo xv, cuando al candidato para la iniciación en el gremio de arqueros se le exigía que disparase contra un objeto colocado sobre el gorro de su propio hijo, bien fuera una manzana o bien una pequeña moneda de plata. A los hermanos de Laodamia, que competían por la dignidad de rey sagrado se les pidió que dispararan una flecha a través de un anillo colocado en el pecho de un niño, pero este mito tiene que deberse a una información errónea, pues la muerte del niño no era su propósito. Parece que la tarea original de un candidato a rey había sido disparar una flecha a través del enroscamiento de una serpiente de oro, que simbolizaba la inmortalidad, colocada en el tocado que llevaba un niño regio; y que en algunas tribus esta costumbre se modificó por la de hender una manzana, y en otras por la de hacer pasar la flecha entre las hojas encorvadas de un hacha doble, o por el anillo que formaba la cimera de un yelmo; pero más tarde, cuando la puntería mejoró, a través de una hilera de anillos de yelmo, la prueba impuesta a Alcón; o una hilera de hojas de hacha, la prueba impuesta a Odiseo. Los alegres compañeros de Robin Hood, como los arqueros germanos, disparaban contra monedas de plata, porque estaban marcadas con una cruz, y los gremios de arqueros eran desafiantemente anticristianos.

5. Los arqueros griegos y romanos estiraban la cuerda del arco hasta el pecho, como hacen los niños, y su alcance eficaz era tan corto que la jabalina siguió siendo la principal arma arrojadiza de los ejércitos romanos hasta el siglo VI d. de C., cuando Belisario armó a sus catafractarios con arcos pesados y les enseñó a estirar la cuerda hasta la oreja, a la manera escita. La puntería exacta de Heracles la explica, en consecuencia, la leyenda de que su instructor era el escita Téutaro, nombre formado al parecer de teutaein, «practicar asiduamente», lo que no parece haber hecho el arquero griego corriente. Quizá se deba a la sobresaliente habilidad con que los escitas manejaban el arco el que se los describiera como descendientes de Heracles; y se decía que había legado un arco a Escites, el único de sus hijos que podía encorvarlo como él.

Literatura extraida del libro “Los mitos Griegos II”
por Robert Graves.

El nacimiento de Heracles

a. Electrión, hijo de Perseo, rey supremo de Micenas y marido de Anaxo, marchó vengativamente
contra los tafios y telebeos. Se habían unido en una incursión afortunada para apoderarse de su
ganado, proyectada por un tal Pterelao, un pretendiente al trono de Micenas, y tuvo como
consecuencia la muerte de los ocho hijos de Electrión. Mientras él estuvo ausente, su sobrino, el rey
Anfitrión de Trecén, actuó como regente. «Gobierna bien, y cuando yo vuelva victorioso te casarás
con mi hija Alcmena», le dijo Electrión como despedida. Anfitrión, informado por el rey de Elide
de que el ganado robado se hallaba en su poder, pagó el gran rescate exigido e hizo regresar a
Electrión para que lo identificara. Electrión, de ningún modo complacido al saber que Anfitrión
esperaba que él le devolviese el precio del rescate, preguntó ásperamente qué derecho tenían los
habitantes de Elide a vender propiedad robada y por qué Anfitrión había tolerado un fraude. Sin
dignarse contestarle, Anfitrión desahogó su disgusto arrojando un garrote a una de las vacas que se
había desviado del rebaño; el garrote le golpeó en los cuernos, rebotó y mató a Electrión.
Inmediatamente Anfitrión fue desterrado de Argólide por su tío Esténelo, quien se apoderó de
Micenas y Tirinto y confió el resto de la región, con Midea como capital, a Atreo y Tiestes, hijos de Pélope.

b. Anfitrión, acompañado por Alcmena, huyó a Tebas, donde el rey Creonte le purificó y dio a su
hermana Perimede en casamiento a Licimio, el único hijo sobreviviente de Electrión, bastardo
nacido de una frigia llamada Midea. Pero la piadosa Alcmena no quería yacer con Anfitrión
hasta que vengase la muerte de sus ocho hermanos. En consecuencia, Creonte le dio permiso para
que reclutase un ejército beocio con ese propósito y con la condición de que liberase a Tebas de la
zorra teumesia; cosa que él hizo pidiendo al ateniense Céfalo que le prestase el célebre sabueso
Lelaps. Luego, ayudado por contingentes atenienses, focenses, argivos y locrios, Anfitrión venció a
los telebeos y tafios y donó sus islas a sus aliados, entre ellos a su tío Heleos.

c. Entretanto, Zeus, aprovechando la ausencia de Anfitrión, tomó la figura de él y, asegurando a
Alcmena que sus hermanos estaban vengados, puesto que, en efecto, Anfitrión había ganado la
victoria requerida aquella mañana misma, yació con ella toda una noche, a la que dio la duración de
tres. Pues Hermes, por orden de Zeus, había mandado a Helio que apagase los fuegos solares y a las Horas que desunciesen su tiro y se quedasen al día siguiente en casa; porque la procreación de
un paladín tan grande como el que se proponía engendrar Zeus no se podía realizar
apresuradamente. Helio obedeció, rezongando con el recuerdo de los buenos tiempos pasados,
cuando el día era día y la noche era noche; y cuando Crono, el entonces Dios Omnipotente, no
abandonaba a su esposa legal para irse a Tebas en busca de aventuras amorosas. Hermes ordenó
luego a la Luna que siguiese lentamente su órbita, y al Sueño que amodorrase a la humanidad de tal
modo que nadie se diera cuenta de lo que sucedía. Alcmena, completamente engañada, escuchó
complacida el relato de Zeus acerca de la aplastante derrota infligida a Pterelao en Ecalia, y holgó
inocentemente con su supuesto marido durante aquellas treinta y seis horas. Al día siguiente,
cuando Aifitrión volvió, rebosante de entusiasmo por la victoria y lleno de pasión por ella,
Alcmena no le acogió en el lecho matrimonial con el arrobamiento que él esperaba. «Anoche no
cerramos los ojos— se quejó ella— y seguramente no esperarás que escuche por segunda vez el
relato de tus hazañas.» Anfitrión, que no pudo comprender esas palabras, consultó con el adivino
Tiresias, quien le dijo que Zeus le había hecho cornudo; y en adelante no se atrevió a volver a
dormir con Alcmena por temor a incurrir en los celos divinos.
d. Nueve meses después, en el Olimpo, Zeus se jactó casualmente de que había engendrado un hijo,
que estaba a punto de nacer, quien se llamaría Heracles, que significa «Gloria de Hera», y
gobernaría la noble casa de Perseo. Al oír esto, Hera le hizo prometer que si a la casa de Perseo le
nacía algún príncipe antes de anochecer sería Rey Supremo. Cuando Zeus hizo al respecto un
juramento inviolable, Hera fue inmediatamente a Micenas, donde apresuró los dolores de parto de
Nicipe, esposa del rey Esténelo. Luego corrió a Tebas y se sentó con las piernas cruzadas ante la
puerta de Alcmena, con las ropas atadas en nudos y los dedos fuertemente entrelazados; de ese
modo demoró el nacimiento de Heracles hasta que Euristeo, hijo de Esténelo, sietemesino, estuvo
ya en su cuna. Cuando nació Heracles, con una hora de retraso, se encontró con que tenía un
hermano mellizo llamado Ificles, hijo de Anfitrión y una noche más joven. Pero algunos dicen que
Heracles, y no Ificles, era una noche más joven; y otros, que los mellizos fueron engendrados en la
misma noche y nacieron juntos y que el Padre Zeus iluminó divinamente la alcoba donde nacieron.
Al principio se llamó a Heracles Alceo o Palemón.

e. Cuando Hera volvió al Olimpo y se jactó tranquilamente de haber conseguido mantener a Ilitía,
diosa del parto, alejada de la puerta de Alcmena, Zeus fue presa de una gran ira; asió a su hija
mayor Ate, quien le había impedido ver el engaño de Hera, juró que nunca volvería a visitar el
Olimpo, la hizo girar alrededor de su cabeza sujetándola por la cabellera dorada y la lanzó a la
tierra. Aunque Zeus no podía violar su juramentó y permitir a Heracles que gobernase la casa de
Perseo, convenció a Hera para que accediese a que, después de realizar cualesquiera doce trabajos
que le señalara Euristeo, su hijo se convirtiese en un dios.

f. Ahora bien, a diferencia de los anteriores amores humanos de Zeus, desde Níobe en adelante,
Alcmena había sido elegida no tanto por su placer —aunque superaba a todas las demás mujeres de
su época en belleza, dignidad y prudencia—, sino con el propósito de engendrar un hijo lo bastante
poderoso para proteger tanto a los dioses como a los hombres contra la destrucción. Alcmena,
decimosexta descendiente de Níobe, fue la última mujer mortal con la que yació Zeus, pues no veía
la posibilidad de engendrar a otro héroe que pudiera igualarse a Heracles; y honró a Alcmena tanto que, en vez de violarla rudamente, se molestó en disfrazarse de Anfitrión y la cortejó con palabras y
caricias afectuosas. Sabía que Alcmena era incorruptible y cuando al amanecer le regaló una copa
carquesia, ella la aceptó sin dudar como un botín ganado en la victoria: un legado de Posidón a su
hijo Telebo.

g. Algunos dicen que Hera no impidió personalmente el parto de Alcmena, sino que envió brujas
para que lo hicieran, y que Historis, hija de Tiresias, las engañó lanzando un grito de alegría desde
la alcoba del parto —que todavía se muestra en Tebas—, de modo que ellas se alejaron y
permitieron que naciera el niño. Según otros, fue Ilitía quien impidió el parto por orden de Hera, y
una fiel sirvienta de Alcmena, la rubia Galantis, o Galen, la que salió de la alcoba para anunciar,
falsamente, que Alcmena había dado a luz. Cuando Ilitía se levantó sorprendida, desentrelazó los
dedos y descruzó las piernas, nació Heracles y Galantis se echó a reír ante el buen éxito del engaño,
lo que hizo que Ilitía la asiese por el cabello y la convirtiese en una comadreja. Galántis siguió
frecuentando la casa de Alcmena, pero Hera le castigó por haber mentido: la condenó en
perpetuidad a parir los hijos por la boca. Cuando los tebanos rinden a Heracles los honores divinos
todavía ofrecen sacrificios preliminares a Galantis, a la que llaman también Galintias y la describen
como hija de Preto; dicen que fue la nodriza de Heracles y que él le construyó un templo.

h. Los atenienses se burlan de este relato tebano. Sostienen que Galantis era una ramera, a la que
Hécate convirtió en comadreja en castigo por practicar una lujuria no natural, y que cuando Hera
prolongó indebidamente el parto de Alcmena pasó por allí casualmente y la asustó haciendo que
diera a luz.

i. El natalicio de Heracles se celebra el cuarto día de cada mes; pero algunos sostienen que nació
cuando el Sol entraba en el Décimo Signo; otros que la Osa Mayor, girando hacia el oeste a
medianoche sobre Orion —lo que hace cuando el sol abandona el duodécimo signo— lo contempló
en su décimo mes.

1. Alcmena («fuerte en la ira») sería originalmente un título micénico de Hera, cuya soberanía
divina protegió Heracles («gloria de Hera») contra las usurpaciones de su enemigo aqueo
Perseo («destructor»). Los aqueos vencieron finalmente y sus descendientes reclamaron a
Heracles como miembro de la casa usurpadora de Perseo. El aborrecimiento que sentía Hera
por Heracles es probablemente una invención posterior; le adoraban los dorios que
invadieron Elide y humillaron el poder de Hera

2. Diodoro Sículo habla de tres héroes llamados Heracles: un egipcio, un dáctilo
cretense y el hijo de Alcmena. Cicerón eleva su número a seis (Sobre la naturaleza de los
dioses; Varrón a cuarenta y cuatro (Servio sobre la Eneida de Virgilio).
Herodoto dice que cuando preguntó por la patria original de Heracles, los egipcios le
dijeron que era de Fenicia. Según Diodoro Sículo, el Heracles egipcio
llamado Som, o Chon, vivió diez mil años antes de la guerra de Troya y su homónimo
griego heredó sus hazañas. La fábula de Heracles es, en verdad, una clavija de la que se han
colgado gran número de mitos relacionados, no relacionados y contradictorios. En lo
principal, no obstante, representa al rey sagrado típico de la Grecia helénica primitiva,consorte de una ninfa tribal, la diosa Luna encarnada; su mellizo Ificles actuaba como su
heredero. Esta diosa Luna tiene numerosos nombres: Hera, Atenea, Auge, Yola, Hebe,
etcétera. En un espejo de bronce romano primitivo aparece Júpiter celebrando un
casamiento sagrado entre «Hercele» y «Juno»; además, en las bodas romanas al nudo del
ceñidor de la novia consagrado a Juno se le llamaba el «nudo hercúleo» y el novio tenía que
desatarlo. Los romanos tomaron esta tradición de los etruscos, cuya Juno se
llamaba «Unial». Puede suponerse que la fábula central de Heracles era una variante
primitiva de la epopeya del Gilgamesh babilonio, que llegó a Grecia vía Fenicia. Gilgamesh
tenía como compañero amado a Enkidu, así como Heracles tenía a Yolao. Gilgamesh se
pierde por su amor a la diosa Ishtar, y Heracles por su amor a Deyanira. Ambos son de
ascendencia divina. Ambos perturban el infierno. Ambos matan leones y doman a toros
divinos; y cuando se embarca para la Isla Occidental, Heracles, como Gilgamesh, utiliza su
vestimenta como vela. Heracles encuentra la hierba mágica de la
inmortalidad lo mismo que Gilgamesh, y se relaciona igualmente con el avance
del sol alrededor del zodíaco.

3. Se hace que Zeus personifique a Anfitrión porque cuando el rey sagrado renacía en su
coronación se convertía nominalmente en hijo de Zeus y renunciaba a su ascendencia
mortal. Sin embargo, la costumbre exigía que el heredero mortal —más bien
que el rey de nacimiento divino, el mayor de los mellizos— acaudillase las expediciones
militares; y la inversión de esta regla en el caso de Heracles sugiere que en un tiempo había
sido él el heredero, e Ificles el rey sagrado. Teócrito, ciertamente, hace de Heracles el más
joven de los mellizos, y Herodoto, quien le llama hijo de Anfitrión, le da el
sobrenombre de «Alcides», por su abuelo Alceo, y no «Cronides», por su abuelo Crono.
Además, cuando Ificles se casó con la hija menor de Creonte, Heracles se casó con otra
mayor; aunque en la sociedad matrilineal la más joven era comúnmente la heredera, como
aparece en todos los cuentos tradicionales europeos. Según el Escudo de Heracles de
Hesíodo Ificles se humilló vergonzosamente ante Euristeo, pero las circunstancias
que podrían arrojar luz sobre este cambio de papeles entre los mellizos no son explicadas.
Entre Heracles e Ificles no se registra una camaradería como la que existía entre Castor y
Pólux, o Idas y Linceo. Heracles usurpa las funciones y prerrogativas de su hermano
mellizo, convirtiéndolo en una sombra ineficaz y exánime que no tarda en esfumarse sin
que se la lamente. Quizás en Tirinto el sucesor usurpaba todo el poder regio, como sucede a
veces en los Estados asiáticos, donde un rey religioso gobierna conjuntamente con un rey
guerrero o shogún.

4. El método que siguió Hera para demorar el parto lo utilizan todavía las hechiceras de
Nigeria; las más cultas refuerzan ahora el encantamiento ocultando candados importados
debajo de sus ropas.

5. La observación de que las comadrejas, si se las perturba, llevan a sus crías de lugar en lugar
en la boca, como los gatos, dio origen a la leyenda de su nacimiento vivíparo. El relato que
hace Apuleyo de la horrible acción de las brujas tesalias disfrazadas de comadrejas,
ayudantes de Hécate, y la mención por Pausanias de los sacrificios humanos que se ofrecían
a la Zorra Teumesia recuerdan a Cerdo («comadreja» o «zorra»), esposa de
Foroneo, quien, según se dice, introdujo el culto de Hera en el Peloponeso . El
culto tebano de Galintias es una reliquia del culto de Hera primitivo, y cuando las brujas
demoraron el nacimiento de Heracles se disfrazarían de comadrejas. Este mito es más
confuso de lo que son habitualmente los mitos; si bien parece que el olimpianismo de Zeus
se sentía agraviado por la opinión religiosa conservadora de Tebas y Argólide y que las
brujas lanzaron un ataque concertado contra la casa de Perseo.

6. A juzgar por la observación de Ovidio acerca del Décimo Signo, y por la fábula del jabalí
de Erimanto, que presenta a Heracles como el Niño Horus, éste compartía un natalicio en el
solsticio hiemal con Zeus, Apolo y otros dioses del calendario. El año tebano comenzaba en
el solsticio hiemal. Si, como dice Teócrito, Heracles tenía diez meses al término del
duodécimo, Alcmena lo dio a luz en el equinoccio de primavera, cuando los babilonios, los
italianos y otros celebraban el Año Nuevo. Así no es extraño que Zeus, según se dice,
iluminara la alcoba del nacimiento. El cuarto día del mes estaría dedicado a Heracles,
porque cada cuarto año le pertenecía como fundador de los Juegos Olímpicos.

El reinado de Orestes

a. Aletes, el hijo de Egisto, usurpó el reino de Micenas creyendo en el rumor malicioso [¿difundido por Éax?] de que Orestes y Pílades habían sido sacrificados en el altar de Ártemis Táurica. Pero
Electra, dudando de que eso fuera cierto, fue a consultar el Oráculo de Delfos. Ingenia acababa de llegar a Delfos y [¿Éax?] se la señaló a Electra como la matadora de Orestes. Para vengarse tomó
una tea del altar y, como no reconoció a Ingenia al cabo de tanto tiempo, estaba a punto de cegarla con ella cuando se presentó Orestes y lo explicó todo. Los hijos de Agamenón, otra vez reunidos,volvieron alegremente a Micenas, donde Orestes puso fin a la contienda entre la Casa de Atreo y la Casa de Tiestes dando muerte a Aletes, cuya hermana Erígone, según se dice, habría perecido también a sus manos si Ártemis no se la hubiera llevado al Ática. Pero más tarde, Orestes se desenojó con ella.
b. Algunos dicen que Ifigenia murió en Braurón o en Megara, donde tiene ahora un templo; otros, que Artemis la inmortalizó como Mecate la Joven. Electra se casó con Pílades y le dio a Medonte y Estrofio el Segundo; está enterrada en Micenas. Orestes se casó con su prima Hermíone, y estuvo presente en la muerte sacrificial de Neoptólemo, el hijo de Aquiles, con quien ella estaba desposada. Por ella llegó a ser padre de Tisámeno, su heredero y sucesor, y por Erígone, su
segunda esposa, de Pentilo.

c. Cuando murió Menelao, los espartanos invitaron a Orestes a que se erigiera en su rey, pues le preferían, como nieto de Tindáreo, a Nicóstrato y Megapentes, engendrados por Menelao con una muchacha esclava. Orestes, quien, con la ayuda de soldados  proporcionados por los aliados focenses, había agregado ya una gran parte de Arcadia a sus dominios micénicos, se adueñó también de Argos, pues el rey Cilarabes, nieto de Capaneo, no dejó sucesión. Dominó también a Arcaya, pero obedeciendo el Orcáculo de Delfos, finalmente emigró de Micenas a Arcadia, donde, a la edad de setenta años, murió a consecuencia de una mordedura de serpíente en Orestio, u Orestia, ciudad que había fundado durante su destierro.
d. Orestes fue enterrado en Tegea, pero en el reinado de Anaxandrides, co-rey con Aristón, y el único laconio que tuvo dos esposas y ocupó dos casas al mismo tiempo, los espartanos,
desesperados porque hasta entonces habían perdido todas las batallas libradas contra los tegeos, fueron a Delfos en busca de consejo y se les ordenó que poseyeran ellos mismos los huesos de Orestes. Como no se conocía su paradero, enviaron a Licas, uno de los benefactores de Esparta, a que solicitara más información. Le dieron la siguiente respuesta en hexámetros:
Nivela y allana la llanura de la Tegea arcadia. Ve adonde dos vientos están siempre, por fuerte necesidad, soplando; donde el golpe suena sobre el golpe, donde el mal yace sobre el mal, allí la tierra fecundísima encierra al príncipe que buscas.

¡Llévalo a tu casa y sé así el señor de Tegea!
A causa de la tregua temporal entre los dos Estados, Licas no tuvo dificultad alguna en su visita a Tegea, donde se encontró con un herrero que forjaba una espada de hierro en vez de bronce, y al
ver aquella cosa nueva para él se quedó con la boca abierta. «¿Te sorprende este trabajo? —le preguntó el herrero jovial— ¡Pues bien, tengo aquí algo que te sorprenderá todavía más! Es un ataúd de siete codos de longitud que contiene un cadáver del mismo tamaño y que encontré bajo el piso de la fragua cuando excavaba aquel pozo.»

e. Licas conjeturó que los vientos mencionados en los versos del oráculo tenían que ser los que producían los fuelles del herrero, los golpes los del martillo, y el mal que yacía sobre el mal la cabeza del martillo que golpeaba la espada de hierro, pues la Edad del Hierro trajo consigo díascrueles. Inmediatamente volvió con la noticia a Esparta, donde los jueces, por sugerencia suya, simularon condenarle por el delito de violencia; luego huyó a Tegea como si tratara de eludir la ejecución, y convenció al herrero para que le ocultara en la fragua. A medianoche sacó los huesos del ataúd y se apresuró a volver con ellos a Esparta, donde los volvió a enterrar cerca del templo de
las Parcas; todavía se muestra allí la tumba. Desde entonces los ejércitos espartanos vencieron siempre a los legeos.

f. La lanza-cetro de Pélope, que también empuñó su nieto Orestes, fue descubierta en Fócide más o menos en esa época; estaba enterrada con un montón de oro en la frontera entre Queronea y Fanotea, donde la había ocultado probablemente Electra. Cuando se hizo una indagación sobre el hallazgo de ese tesoro los fanoteos se contentaron con el oro, pero los queronenses se quedaron con el cetro y ahora lo adoran como su deidad suprema. Cada sacerdote de la lanza, designado por un año, la guarda en su casa y ofrece víctimas diarias a su divinidad, además de mesas pródigamente servidas con alimentos de todas clases.

g. Sin embargo, algunos niegan que Orestes muriera en Arcadia. Dicen que cuando terminó su destierro allí un oráculo le ordenó que fuera a Lesbos y Ténedos y fundara colonias con pobladores llegados de varias ciudades, entre ellas, Amidas. Él lo hizo y llamó a los nuevos pobladores eolios, porque Eolo era su antepasado común más próximo, pero murió poco después de edificar una ciudad en Lesbos. Esta migración se realizó, según dicen, cuatro generaciones antes que la jónica.

Otros, sin embargo, declaran que fue el hijo de Orestes, Pentilo, y no Orestes mismo, quien conquistó Lesbos; que su nieto Gras, ayudado por los espartanos, ocupó la región que se extiende entre Jonia y Misia, llamada ahora Eólide; y que otro nieto, Arquelao, llevó colonos eolios a la actual ciudad de Cicicene, cerca de Dascilio, en la costa meridional del Mar de Mármara.

h. Entretanto Tisámeno heredó los dominios de su padre, pero lo expulsaron de las capitales, Esparta, Micenas y Argos, los hijos de Heracles, y se refugió con su ejército en Acaya. Su hijo Cometes emigró al Asia.

1. Ifigenia parece haber sido un título de la Ártemis anterior, que era no sólo doncella, sino también ninfa —«Ifigenia» significa «sirviendo de madre a una raza fuerte»— y mujer vieja, o sea las Solemnes o la Triple Hecate. Se dice que Orestes reinó en tantos lugares que su nombre también tiene que ser considerado como un título. Su muerte a causa de la mordedura de una serpiente en la Orestea arcadia lo vincula con otros reyes primitivos, como Apesanto, hijo de Acrisio, identificable con Ofeltes de Nemea ; Múnito, hijo de Atamante; Mopso el lapita, mordido por una serpiente libia; y el egipcio Ra, un aspecto de Osiris, también mordido por una serpiente libia. Estas mordeduras son siempre en el talón; en algunos casos, entre ellos los de los centauros Quirón y Folo, el cretense Talo, el mirmidón Aquiles y el eubeo Filoctetes, el veneno parece haber sido transmitido en una punta de flecha. El arcadio Orestes era en realidad un pelasgo con conexiones libias.

2. La salvación de Erígone de la venganza de Orestes realizada por Ártemis es un episodio más de la contienda entre la casa de Tiestes, ayudada por Ártemis, y la casa de Atreo, ayudada por Zeus, El nombre de Tisámeno («Fuerza vengadora») indica que la enemistadfue legada a la siguiente generación, porque, según uno de los relatos de Apolodoro era hijo de Erígone y no de Hermíone. En toda la fábula de esta contienda debe recordarse que la Ártemis que mide sus fuerzas con Zeus es la Ártemis matriarcal primitiva y no la afectuosa melliza de Apolo, la cazadora virgen; los mitógrafos han hecho todo lo posible para oscurecer la participación activa de Apolo, del lado de Zeus, en esta querella divina.

3. Los huesos de los gigantes, habitualmente identificados con los de un antepasado de la tribu, eran considerados como medios mágicos de proteger a una ciudad; así los atenienses, por inspiración del oráculo, recuperaron de Esciros los que, según pretendían, eran los huesos de Teseo y los llevaron a Atenas. Éstos pueden muy bien haber sido extraordinariamente grandes, pues una raza de gigantes —de los cuales descienden los watusis hamíticos que viven en el África Ecuatorial— floreció en la Europa neolítica y sus esqueletos de dos metros de longitud se han encontrado incluso a veces en Gran Bretaña.

Los anakim de Palestina y Caria pertenecían a esta raza. Sin embargo, si Orestes era un aqueo del período de la guerra de Troya, los atenienses no pueden haber encontrado y medido su esqueleto, pues los nobles homéricos practicaban la cremación y no la inhumación en el estilo neolítico.

4. «El mal que yace sobre el mal» es interpretado habitualmente como la espada de hierro que es forjada sobre un yunque de hierro; pero, por regla general, se utilizaban los yunques de piedra hasta una época relativamente reciente, y la cabeza del martillo que se posa sobre la espada es la explicación más probable, aunque, en verdad, los martillos de hierro eran también raros hasta la época romana. El hierro era un metal demasiado sagrado e infrecuente para que lo utilizaran comúnmente los micénicos —pues no se extraía de la mina, sino que se lo recogía en forma de meteoritos enviados por los dioses— y cuando por fin se importaron en Grecia armas de hierro provenientes de Tibarene en el Mar Negro, el procedimiento de la fundición y la manufactura siguió siendo secreto durante un tiempo. A los herreros se los siguió llamando «trabajadores del bronce» inclusive en el período helenista. Pero tan pronto como alguien pudo poseer un arma o una herramienta de hierro la era del mito llegó a su fin, aunque sólo fuera porque el hierro no estaba incluido entre los cinco metales consagrados a la diosa y vinculados a los ritos de su calendario, a saber, la plata, el oro, el cobre, el estaño y el plomo.

5. La lanza-cetro de Pélope, señal de soberanía, pertenecía evidentemente a la sacerdotisa gobernante; así, según Eurípides, la lanza con que fue muerto Enómao —probablemente el mismo instrumento— estaba oculta en el dormitorio de Ifigenia; Clitemestra pretende luego poseerla (Sófocles: Electra 651); y Pausanias dice que Electra la llevó a Fócide. Los griegos del Asia Menor se complacían en creer que Orestes había fundado allí la primera colonia eolia, pues su nombre era uno de los títulos regios de éstos. Quizá se atenían a una tradición que atañía a una nueva etapa en la historia de la monarquía: cuando el rey terminaba su reinado se le perdonaba la muerte y se sacrificaba a un sustituto —homicidio que explicaría el segundo destierro de Orestes—, después de lo cual podía llevar una colonia al otro lado del mar. Los mítógrafos que explicaron que los espartanos preferían Orestes a los hijos de Menelao porque éstos habían nacido de una mujer esclava, no se daban cuenta de que la descendencia era todavía matrilineal. Orestes, como mícénico, podía reinar por su casamiento con la heredera espartana Hermíone; sus hermanos tenían que buscar reinos en otras partes. En Argólide una princesa podía tener hijos nacidos libres con un esclavo; y nada había que impidiera que el marido campesino de Electra en Micenas criase pretendientes al trono.

6. La tradición del salmista de que «los días de un hombre son tres veintenas y diez» se funda, no en la observación, sino en la teoría religiosa: siete era el número de la santidad y diez el de la perfección. Orestes, análogamente, llegó a los setenta años.

7. La violación por Anaxándrides de la tradición monogámica puede haberse debido a una necesidad dinástica; quizás Aristo, su co-rey, murió demasiado pronto antes del término de su reinado para justificar una nueva coronación y, como había gobernado en virtud de su casamiento con una heredera, Anaxándrides le sustituyó como rey y como marido.

8. Las crónicas hititas demuestran que ya había un reino aqueo en Lesbos a fines del siglo xiv a. de C.

Fragmento del libro “Los mitos griegos II”
por Robert Graves

Ifigenia en Táuride

a. Todavía perseguido por las Erinias que no habían hecho caso de las palabras elocuentes de
Atenea, Orestes fue desesperado a Delfos, donde se tendió en el suelo del templo y amenazó con
quitarse la vida si Apolo no lo salvaba de sus azotes. En respuesta, la Pitia le ordenó que se
embarcara para el Bosforo y navegara hacia el norte a través del Mar Negro; sus infortunios no
terminarían hasta que se apoderase de una antigua imagen de madera de Artemis adorada en su
templo del Quersoneso táurico y la llevara a Atenas, o (según dicen algunos) a Argólide.
b. Ahora bien, el rey de los taurios era el rápido Toante, hijo de Dioniso y Ariadna y padre de
Hipsípila; y sus subditos, llamados taurios porque Osiris en una ocasión unció toros (tauroi) y aró
su tierra, eran de origen escita. Siguen viviendo de la rapiña, como en la época de Toante; y
siempre que uno de sus guerreros hace un prisionero lo decapita, lleva la cabeza a su casa y allí la
empala en una alta estaca colocada sobre la chimenea, para que su familia pueda vivir bajo la
protección del difunto. Además, todo marinero que ha naufragado o ha sido arrojado a su puerto
por el vendaval, es sacrificado públicamente a Artemis Tauria. Después de realizar ciertos ritos
preparatorios lo derriban con un garrote y clavan su cabeza cortada a una cruz; después de lo cual
entierran el cadáver o lo arrojan al mar desde un precipicio coronado por el templo de Artemis.
Pero si cae en sus manos un extranjero principesco, lo mata con una espada la sacerdotisa virgen de
la diosa y arroja su cadáver al fuego sagrado, proveniente del Tártaro, que arde en el recinto divino.
Sin embargo, algunos dicen que la sacerdotisa, aunque inspecciona los ritos y realiza la lustración
preliminar y corta el pelo a la víctima, no la mata personalmente. La antigua imagen de la diosa de
la que Orestes tenía la orden de apoderarse había caído del cielo. Este templo está sostenido por
grandes columnas y se sube a él por cuarenta escalones; su altar de mármol blanco está
constantemente manchado de sangre158.
c. Artemis Tauria tiene varios títulos griegos, entre ellos Artemis Tauropolus o Taurópola, Artemis
Dictina, Artemis Ortia, Toantea y Hécate, y para los latinos es Trivia159.
d. Ahora bien, Ifigenia se libró de ser sacrificada en Aulide gracias a Artemis, que la envolvió en
una nube y la llevó al Quersoneso táurico, donde inmediatamente la nombró Suma Sacerdotisa y le
concedió el derecho exclusivo de manejar la imagen sagrada. Los taurios se dirigían a ella en
adelante llamándola Artemis, Hécate u Orsíloca. Ifigenia aborrecía los sacrificios humanos, pero
obedecía piadosamente a la diosa160.
e. Orestes y Pílades no sabían nada de esto; seguían creyendo que Ifigenia había muerto sacrificada
en Aulide. Sin embargo, se apresuraron a ir al país de los taurios en una embarcación de cincuenta
remeros; al llegar anclaron la embarcación, guardada por sus remeros, mientras ellos se ocultaban
en una cueva marina. Su propósito era acercarse al templo al anochecer, pero les sorprendieron
antes unos pastores crédulos que, tomándolos por los Dioscuros o alguna otra pareja de inmortales,
se postraron ante ellos y los adoraron. En ese momento Orestes se enloqueció una vez más y
comenzó a mugir como un ternero y a ladrar como un perro; confundió a un rebaño de terneros con
las Erinias y salió corriendo de la cueva, espada en mano, para matarlos. Los pastores
desilusionados dominaron a los dos amigos, quienes, por orden de Toante, fueron conducidos al
templo para ser sacrificados inmediatamente161.
f. Durante los ritos preliminares Orestes conversó en griego con Ifigenia; pronto descubrieron
alegremente su identidad mutua y cuando se enteró de la naturaleza de su misión, Ifigenia comenzó
a levantar la imagen para que él se la llevara. Pero Toante se presentó de pronto, impaciente por la
lentitud con que se realizaba el sacrificio, y la ingeniosa Ifigenia simuló que estaba apaciguando la
imagen. Explicó a Toante que la diosa había apartado su mirada de las víctimas que él había
enviado, pues uno de ellos era matricida y el otro su cómplice, por lo que ninguno de los dos servía
para el sacrificio. Debía enviarlos, juntamente con la imagen que habían mancillado con su
presencia, para que se limpiasen en el mar, y ofrecer a la diosa un sacrificio de corderitos a la luz de
las antorchas. Entretanto Toante debía purificar el templo con una antorcha, cubrirse la cabeza
cuando salieran los extranjeros y ordenar que todos se quedasen en sus casas para evitar la
contaminación.
g. Toante, completamente engañado, permaneció un rato admirado por tanta sagacidad y luego
comenzó a purificar su templo. Ifigenia, Orestes y Pílades se apresuraron a llevar la imagen a la
costa a la luz de las antorchas, pero en vez de bañarla en el mar la introdujeron en la embarcación.
Los servidores del templo taurio que habían ido con ellos sospecharon la traición y ofrecieron
resistencia. Fueron dominados tras una dura lucha y después los remeros de Orestes se alejaron con
la embarcación. Pero se desencadenó de pronto un vendaval que los llevó de vuelta a la costa
rocosa y todos habrían perecido si Posidón no hubiera calmado el mar a instancias de Atenea; con
un viento favorable llegaron a la isla de Esmintos.
h. Allí vivían Crises, el sacerdote de Apolo, y su nieto del mismo nombre, cuya madre Criseida
propuso que los fugitivos fueran entregados a Toante. Pues, aunque algunos sostienen que Atenea
visitó a Toante, quien preparaba una flota para salir en persecución de los fugitivos, y le engatusó
con tan buen éxito que inclusive consintió en repatriar a las esclavas griegas de Ifigenia, lo que sí es
cierto es que llegó a Esmintos con intenciones siniestras. Luego Crises el Viejo, enterado de la
identidad de sus huéspedes, reveló a Crises el Joven que no era, como Criseida había pretendido
siempre, hijo de Apolo, sino de Agamenón, y por lo tanto hermanastro de Orestes e Ifigenia. Al
saber eso, Crises y Orestes se unieron contra Toante, a quien consiguieron matar, y Orestes,
apoderándose de la imagen, navegó felizmente hasta Micenas, donde las Erinias abandonaron por
fin su persecución.
i. Pero algunos dicen que una tormenta llevó a Orestes a Rodas, donde, de acuerdo con el Oráculo
Heliano, colocó la imagen en una muralla de la ciudad. Otros dicen que, como el Ática era el
territorio al que Apolo había ordenado que llevase la imagen, Atenea le visitó en Esmintos y le
señaló como destino la ciudad fronteriza de Braurón; debía alojarla allí en un templo de Artemis
Taurópola y aplacarla con sangre extraída de la garganta de un hombre. Designó a Ifigenia
sacerdotisa de ese templo, en el que estaba destinada a terminar su vida pacíficamente; recibiría,
entre otras cosas, las ropas de las mujeres ricas que morían de sobreparto. Según esta versión, el
barco llegó por fin al puerto de Braurón, donde Ifigenia depositó la imagen y luego, mientras se
construía el templo, fue con Orestes a Delfos; encontró a Electra en el templo y la llevó de vuelta a
Atenas para que se casase con Pílades.
j. La que se hace pasar por la auténtica imagen de madera de Artemis Tauria puede ser vista todavía
en Braurón. Algunos dicen, no obstante, que no es sino una copia y que de la original se apoderó
Jerjes durante su desdichada expedición contra Grecia y la llevó a Susa; añaden que más tarde la
regaló el rey Seleuco de Siria a los laodiceos, quienes la adoran hasta el presente. Otros, que se
resisten a atribuir el hecho a Jerjes, dicen que Orestes mismo, en el viaje de regreso a la patria
desde el Quersoneso taurio, fue .llevado por una tormenta a la región ahora llamada Seleucia,
donde dejó la imagen; y que los nativos cambiaron el nombre del Monte Melantio, donde por fin se
curó de su locura, por el de Monte Amanón, que quiere decir «no loco», en su memoria. Pero los
lidios, que tienen un templo de Ártemis Aneitis, pretenden también poseer la imagen, y lo mismo
los habitantes de la Comana capadocia, cuya ciudad se dice que tomó su nombre de las trenzas
(comai) que en señal de luto depositó allí Orestes cuando llevó los ritos de Ártemis Taurópola a
Capadocia165.
k. Otros más dicen que Orestes ocultó la imagen en una gavilla de leña y la llevó a la Aricia
italiana, donde murió y fue enterrado, siendo trasladados sus huesos más tarde a Roma; y que la
imagen fue enviada de Aricia a Eparta, porque la crueldad de sus ritos desagradaba a los romanos;
y la colocaron en el templo de Ártemis Erguida166.
l. Pero los espartanos alegan que la imagen les pertenecía desde mucho tiempo antes de la
fundación de Roma y que Orestes la llevó cuando llegó a ser su rey y la ocultó en un saucedal.
Dicen que durante siglos se olvidó su paradero, hasta que un día Astrábaco y Alopeco, dos
príncipes de la casa real, entraron en el saucedal por casualidad y enloquecieron a la vista de la
tétrica imagen, que mantenían erguida las ramas de un sauce enroscados a su alrededor, y de aquí
sus nombres de Ortia y Ligodesma.
m. Tan pronto como llevaron la imagen a Esparta se produjo una pendencia siniestra entre los
devotos rivales de Ártemis, que hacían sacrificios conjuntamente en su altar; muchos de ellos
fueron muertos en el templo mismo y los restantes murieron apestados poco tiempo después.
Cuando un oráculo aconsejó a los espartanos que propiciaran a la imagen empapando el altar con
sangre humana, echaron suertes para elegir la víctima y la sacrificaron; y esta ceremonia se repitió
anualmente hasta que el rey Licurgo, que aborrecía los sacrificios humanos, la prohibió, y ordenó
que en cambio se azotase a unos niños en el altar hasta que el lugar oliera fuertemente a sangre.
Los niños espartanos compiten ahora una vez al año para ver quién puede soportar más golpes. La
sacerdotisa de Ártemis se halla presente sosteniendo la imagen, que, aunque pequeña y liviana,
adquirió tal apetencia de sangre en la época en que los taurios le ofrecían sacrificios humanos que,
inclusive ahora, si los azotadores lo hacen suavemente, por que el niño es de cuna noble, o
excepcionalmente bello, se hace casi demasiado pesada para que la sacerdotisa la sostenga y ésta
increpa a los azotadores diciéndoles: «¡Más fuerte, más fuerte! ¡Hacéis que no pueda soportar el
peso!»168.
n. Poca fe se debe dar a la fábula de que Helena y Menelao fueron en busca de Orestes y que
cuando llegaron a la región de los taurios, poco después de haber muerto él, ambos fueron
sacrificados a la diosa por Ifigenia169.
1. El anhelo de los mitógrafos de ocultar ciertas tradiciones bárbaras se pone claramente de
manifiesto en esta fábula y sus variantes. Entre los elementos suprimidos se halla la manera
en que Ártemis se venga de Agamenón por el asesinato de Ifigenia y la manera en que Éax
también se venga de Agamenón por el asesinato de su hermano Palamedes. Originalmente,
el mito parece haber sido, más o menos, el siguiente: los jefes compañeros de Agamenón
incitaron a éste a ejecutar a su hija Ingenia por hechicera cuando la expedición griega contra
Troya quedó detenida por los vientos contrarios en Áulide. Ártemis, a quien Ingenia había
servido como sacerdotisa, hizo que Agamenón le pagara esa ofensa y ayudó a Egisto a
suplanterle y asesinarlo a su regreso. También por inspiración suya, Éax se ofreció a llevar a
Orestes en un viaje al territorio ganado al río Escamandro y así le ayudó a escapar de las
Erinias, pues Atenea le protegería allí. En lugar de eso, Éax lo dejó en
Braurón, donde Orestes fue aclamado como el pharmacos anual, víctima propiciatoria por la
culpabilidad del pueblo, y le degolló la virgen sacerdotisa de Ártemis. Éax, en realidad, le
contó a Electra la verdad cuando se encontraron en Delfos: que Orestes había sido
sacrificado por Ifigenia, que parece haber sido un título de Ártemis.
2. A los griegos patriarcales de una época posterior les debió desagradar este mito, una versión
del cual, que hacía a Menelao, y no a Orestes, el objeto de la venganza de Ártemis, ha sido
conservada por Focio. Disculpaban a Agamenón del asesinato, y a Ártemis de oponerse a la
voluntad de Zeus, diciendo que ella sin duda salvó a Ingenia y se la llevó para que actuara
como sacerdotisa de los sacrificios, no en Braurón, sino entre los salvajes taurios, por cuyos
actos no se hacían responsables. Y aseguraban que no mató a Orestes (ni a ninguna víctima
griega), sino que, al contrario, le ayudó a llevar la imagen tauria a Grecia por orden de
Apolo.
3. Esta fábula destinada a salvar las apariencias, influida por el mito de la expedición de Jasón
al Mar Negro —en la versión de Servio, Orestes roba la imagen en Cólquide, no en el
Quersoneso táurico— explicaba la tradición de la degollación humana en Braurón, ahora
modificada a la extracción de una gota de sangre mediante un pequeño corte, y sacrificios
análogos que se realizaban en Micenas, Aricia, Rodas y Comana. «Taurópolas» indica el
sacrificio de toros cretense, que sobrevivió en las Bufonias atenienses;
la víctima original es probable que fuera el rey sagrado.
4. Los ritos de la fertilidad espartanos, de los que se dice también que comprendían en un
tiempo el sacrificio humano, se realizaban en honor de Ártemis Erguida. A juzgar por la
práctica primitiva en otras partes del Mediterráneo, la víctima era atada con tiras de sauce,
llenas de magia lunar, a la imagen, un tocón sagrado, quizás de peral  y agotada
hasta que los latigazos producían una reacción erótica y la víctima eyaculaba, fertilizando la
tierra con el semen y la sangre. El nombre Alopeco y la conocida leyenda del muchacho
que dejó que una zorra le royera sus partes vitales sin gritar, sugiere que la diosa Zorra de
Teumeso también era adorada en Esparta.
5. A los meteoritos se les rendían con frecuencia honores divinos, y lo mismo a pequeños
objetos rituales de origen dudoso, que podían explicarse como habiendo caído igualmente
del cielo, como las puntas de lanza neolíticas cuidadosamente trabajadas, identificadas con
los rayos de Zeus por los griegos posteriores (como a las flechas de pedernal se las llama
«proyectiles de los elfos» en el campo inglés), o con los almireces de bronce ocultos en la
cofia que llevaba la imagen de la Ártemis efesia. Las imágenes mismas, como la de Ártemis
Brauronia y la de madera de olivo de Atenea en el Erecteón, también, según se decía,
habían caído del cielo a través de un agujero en el techo . Es posible que la
imagen de Braurón contuviera un antiguo cuchillo de obsidiana destinado a los sacrificios
—la obsidiana era un vidrio volcánico de la isla de Melos— con el cual se cortaba el cuello
a las víctimas.
6. El arado por Osiris del Quersoneso táurico (la Crimea) parece forzado, pero Herodoto
insiste en que existía un vínculo estrecho entre Cólquide y Egipto  y aquí se ha
confundido a Cólquide con el país de los taurios. Se dice que Osiris, como Triptólemo,
introdujo la agricultura en muchos países .

La pacificacion de las Erinias

a. En agradecimiento por su absolución Orestes dedicó un altar a Atenea Belicosa, pero las Erinias
amenazaron con que, si no se revocaba la sentencia, dejarían caer una gota de la sangre de sus
corazones que haría estéril la tierra, arruinaría las cosechas y destruiría a todos los habitantes de
Atenas. Pero Atenea calmó su ira mediante la lisonja: reconoció que eran mucho más sabias que
ella y les sugirió que podían fijar su residencia en una gruta de Atenas, donde reunirían una
multitud de adoradores, más de los que podían esperar hallar en ninguna otra parte. Contarían con
altares domésticos apropiados para las deidades infernales, así como con sacrificios moderados,
libaciones a la luz de las antorchas, primicias ofrecidas después de la consumación de matrimonio o
del nacimiento de los hijos, e incluso asientos en el Erecteón. Si ellas aceptaban esta invitación,
Atenea decretaría que ninguna casa en la que no se les rindiera culto pudiera prosperar; pero ellas,
a cambio, debían comprometerse a invocar vientos favorables para sus barcos, fertilidad para su
tierra y casamientos fecundos para los habitantes de su ciudad, así como a extirpar a los impíos, de
modo que ella pudiera juzgar conveniente conceder a Atenas la victoria en la guerra. Las Erinias,
tras una breve deliberación, aceptaron de buena gana las propuestas.
b. Con expresiones de agradecimiento y de buenos deseos, y encantamientos contra los vientos
perjudiciales, la sequía, el añublo y la sedición, las Erinias —a las que en adelante se las llamó las
Solemnes— se despidieron “e Atenea y fueron conducidas por su gente en una procesión con
antorchas de jóvenes, matronas y ancianas (vestidas de púrpura y que llevaban la antigua imagen de
Atenea) a la entrada de una profunda gruta situada en el ángulo sudeste del Areópago. Allí les
ofrecieron los sacrificios adecuados y ellas se introdujeron en la gruta, que es ahora un templete
oracular y, como el templo de Teseo, un lugar de refugio para los suplicantes.
c. Sin embargo, sólo tres de las Erinias habían aceptado la oferta generosa de Atenea; las restantes
siguieron persiguiendo a Orestes; y algunas personas incluso se atreven a negar que las Solemnes
fueran Erinias. El primero que dio a las Erinias el nombre de «Euménides» fue Orestes, al año
siguiente, después de su temerario aventura en el Quersoneso táurico, cuando por fin consiguió
apaciguar su furia en Carnea con el holocausto de una oveja negra. También las llaman Euménides
en Colono, donde nadie puede entrar en su antigua arboleda y en la Cerinia aquea, donde, hacia el
final de su vida, Orestes les dedicó un nuevo templo.
d. En la gruta de las Solemnes en Atenas —que está cerrada sólo para los destinados dos veces, es
decir, aquellos cuya muerte ha sido llorada prematuramente— su tres imágenes no tienen un
aspecto más terrible que el de los dioses infernales situados a su lado, a saber Hades, Hermes y la
Madre Tierra. Allí los que han sido absueltos de la acusación de asesinato por el Areópago
sacrifican una víctima negra; otras muchas ofrendas se hacen a las Solemnes de acuerdo con la
promesa de Atenea; y una de las tres noches que el Areópago destina cada mes a la vista de los
juicios por asesinato es asignada a cada una de ellas.
e. Los ritos de las Solemnes se realizan en silencio; de aquí que el sacerdocio sea hereditario en el
clan de los hesíquidas, quienes ofrecen un sacrificio preliminar de un carnero a su antepasado
Hesiquio en su altar de héroe fuera de las Nueve Puertas.
f. Un altar doméstico se ha dedicado también a las Solemnes en Flia, pequeño municipio del Ática;
y un bosquecillo de encinas siempre verdes les está consagrado cerca de Titane, en la orilla más
lejana del Asopo. En el festival que se les dedica en Flia y que se celebra anualmente se sacrifican
ovejas preñadas, se hacen libaciones de aguamiel y se llevan flores en lugar de las habituales
guirnaldas de mirto. Ritos análogos se realizan en el altar de las Parcas, que se halla en el bosque de
encinas, sin protección contra la intemperie.
1. La «sangre de los corazones» de las Erinias con la que estaba amenazada el Ática parece ser
un eufemismo por la sangre menstrual. Un encantamiento inmemorial utilizado por las
hechiceras que quieren maldecir una casa, un campo o un establo, consiste en correr
desnudas a su alrededor, en sentido contrario al del movimiento del sol, nueve veces,
mientras tienen la menstruación. Esta maldición es considerada más peligrosa para las
cosechas, el ganado y los niños durante un eclipse lunar, y completamente inevitable si la
hechicera es una virgen que tiene la menstruación por primera vez.
2. Filemón el Comediante tenía razón al poner en tela de juicio la identificación de las Erinias
con las Solemnes. Según las autoridades más respetadas, las Erinias eran solamente tres:
Tisífone, Alecto y Megera, quienes vivían permanentemente en el Erebo y no
en Atenas. Tenían cabeza de perro, alas de murciélago y serpientes por cabellera; sin
embargo, como señala Pausanias, a las Solemnes se las representaba como matronas
augustas. La oferta de Atenea, en realidad no fue la que Esquilo ha descrito, sino un
ultimátum del sacerdocio de la Atenea nacida de Zeus a las sacerdotisas de las Solemnes —
la antigua Triple Diosa de Atenas— de que, si no aceptaban la nueva opinión de que la
paternidad era superior a la maternidad, y consentían en compartir su gruta con los dioses del Infierno, como Hades y Hermes, perderían el derecho a cualquier clase de culto y con él
a los gajes tradicionales de las primicias.
3. A los hombres destinados a una segunda muerte se les prohibía entrar en la gruta de las
diosas infernales porque era de esperar que les ofendiese que las personas dedicadas a ellas
siguiesen vagando libremente en el mundo superior. Una dificultad análoga se produce en la
India cuando los hombres salen de un estado semejante a la muerte de camino a la pira
fúnebre en el siglo pasado, según Rudyard Kipling, se les solía negar la existencia oficial y
los llevaban a escondidas a una colonia-prisión destinada a los muertos. La encina siempre
verde, llamada también coscoja porque produce coscojos (cochinillas), de la que los griegos
extraían el tinte escarlata, era el árbol del heredero que mataba al rey sagrado, y por lo tanto
apropiada para un bosquecillo de las Solemnes. Los sacrificios de ovejas preñadas, miel y
flores las incitarían a no causar daños al resto del rebaño durante la aparición de los
corderos, favorecer a las abejas y enriquecer los pastos.
4. La continua persecución de Orestes por las Erinias, a pesar de la intervención de Atenea y
Apolo, indica que, en el mito original, fue a Atenas y Fócide para purificarse, pero sin
conseguirlo, como en el mito de Erifila, cuando Alcmeón fue inútilmente a Psófide y
Tesprotia. Puesto que no existe información alguna de que Orestes encontrara la paz en el
terreno de aluvión de ningún río —a menos que fuera el Escamandro— debió de morir en el Quersoneso táurico o en Braurón

El Juicio de Orestes

a. Los micénicos que habían apoyado a Orestes en su acción inaudita no permitieron que los cadáveres de Clitemestra y Egisto quedaran dentro de su ciudad y los enterraron a cierta distancia de las murallas. Esa noche Orestes y Pílades hicieron la guardia en la tumba de Clitemestra, por si alguien se atrevía a robar sus restos, pero durante la vigilancia aparecieron las Erinias, de cabello de serpientes, cabeza de perro y alas de murciélago, blandiendo sus látigos. Enloquecido por esos ataques feroces, contra los que servía de poco el arco de asta de Apolo, Orestes cayó postrado en un Pausanias: lecho, donde permaneció tendido durante seis días, con la cabeza envuelta en un manto, negándose a comer y a lavarse.

b. El viejo Tindáreo llegó en aquel momento de Esparta y acusó a Orestes de matricida, convocando a los caudillos de Micenas para que juzgasen el caso. Decretó que hasta que se celebrara el juicio nadie hablase con Orestes ni Electra y que a ambos se les negase el albergue, el fuego y el agua. Así Orestes no pudo siquiera lavarse las manos manchadas de sangre. Las calles de Micenas estaban custodiadas por ciudadanos armados; y Éax, hijo de Nauplio, aprovechó con placer la oportunidad para vejar a los hijos de Agamenón.

c. Entretanto, Menelao, cargado con el tesoro, desembarcó en Nauplia, donde un pescador le dijo que Egisto y Clitemestra habían sido asesinados. Envió por delante a Helena para que confirmase la noticia en Micenas, pero por la noche, para que los parientes de los que habían perecido en Troya no la lapidasen. Helena, quien se avergonzaba de llorar en público la muerte de su hermana Clitemestra, pues ella misma había causado más derramamiento de sangre con sus infidelidades, pidió a Electra, que cuidaba al afligido Orestes: «Por favor, sobrina, toma ofrendas de mi cabello y déjalas en la tumba de Clitemestra después de hacer libaciones a su ánima.» Electra, cuando vio que la vanidad de Helena le había impedido cortarse más que las puntas mismas de los cabellos, se negó a hacerlo. «Envía a tu hija Hermíone para que lo haga», fue su consejo lacónico. En consecuencia, Helena mandó venir a Hermíone del palacio. Era sólo una niña de nueve años cuando su madre se fugó con París, y Menelao la había puesto a cargo de Clitemestra al comenzar la guerra de Troya; sin embargo, reconoció a Helena inmediatamente e hizo obedientemente lo que ella le dijo.

d. Luego Menelao entró en el palacio, donde le recibió su padre adoptivo Tindáreo, vestido de luto riguroso, y le advirtió que no pusiera los pies en territorio espartano hasta que él hubiera castigado a sus criminales sobrinos. Tindáreo sostenía que Orestes se debía haber limitado a dejar que sus conciudadanos desterrasen a Clitemestra. Si hubiesen pedido su muerte, debía haber intercedido en su favor. Tal como estaban las cosas, había que convencerle, de buen o mal grado, de que no sólo Orestes, sino también Electra que le había incitado, debían ser lapidados por matricidas.

e. Temiendo ofender a Tindáreo, Menelao consiguió la sentencia deseada. Pero ante la elocuente defensa que hizo de sí mismo Orestes, quien estaba presente ante el tribunal y contaba con el apoyo de Pílades (repudiado por Estrofio por su participación en el asesinato), los jueces conmutaron la sentencia por la de suicidio. Pílades se llevó a Orestes, negándose noblemente a abandonarlos a él y a Electra, con quien estaba comprometido en matrimonio, y propuso que, puesto que los tres debían morir, primeramente castigasen la cobardía y la deslealtad de Menelao matando a Helena, la causante de todas las desgracias que habían caído sobre ellos. En consecuencia, mientras Helena esperaba fuera de las murallas el momento para ejecutar su propósito —que era interceptar a Hermíone a su regreso de la tumba de Clitemestra y apoderarse de ella como rehén para asegurar el buen comportamiento de Menelao— Orestes y Pílades entraron en el palacio con las espadas.

ocultas bajo los mantos, y se refugiaron en el altar central, como si fueran suplicantes. A Helena, quien se sentó cerca de ellos para tejer lana destinada a una túnica de púrpura que se proponía dejar como ofrenda en la tumba de Clitemestra, le engañaron sus lamentaciones y se acercó para saludarlos. Inmediatamente ambos desenvainaron sus espadas y, mientras Pílades ahuyentaba a las esclavas frigias de Helena, Orestes trató de matarla. Pero Apolo, por orden de Zeus, la transportó en una nube al Olimpo, donde se convirtió en una de los inmortales y se unió a sus hermanos, los Dioscuros, como guardiana de los marineros en peligro.

f. Entretanto Electra había conseguido detener a Hermíone introduciéndola en el palacio y atrancando las puertas. Menelao, al ver que la muerte amenazaba a su hija, ordenó que la salvaran inmediatamente. Sus soldados derribaron las puertas y Orestes estaba a punto de incendiar el palacio, dar muerte a Hermíone y matarse a sí mismo con la espada o el fuego, cuando Apolo apareció providencialmente, arrancó la antorcha de su mano y rechazó a los soldados de Menelao.

En el silencio aterrador causado por su presencia, Apolo ordenó a Menelao que tomara otra esposa, desposara a Hermíone con Orestes y volviera a gobernar en Esparta. El asesinato de Clitemestra ya no tenía por qué preocuparle, ahora que los dioses habían intervenido.

g. Con una rama de laurel entrelazada con lana y una guirnalda de flores, para mostrar que estaba bajo la protección de Apolo, Orestes salió para Delfos, todavía perseguido por las Erinias. La sacerdotisa pitia se aterró al verlo acuclillado como un suplicante en la piedra-ombligo de mármol —manchada con la sangre de sus manos todavía sin lavar— y la horrible caterva de negras Erinias que dormían junto a él. Pero Apolo la tranquilizó prometiéndole que actuaría como defensor de Orestes, a quien ordenó que afrontase la prueba con coraje. Tras un período de destierro debía ir a Atenas y allí abrazar la antigua imagen de Atenea, quien, como habían profetizado ya los Dioscuros, lo protegería con su égida con la cara de la Gorgona, y anularía la maldición.

Mientras las Erinias seguían profundamente dormidas, Orestes huyó guiado por Hermes, pero el espíritu de Clitemestra no tardó en penetrar en el recinto, les reprendió y, les recordó que con frecuencia les había ofrecido ella libaciones de vino y horrendos banquetes de medianoche. Como consecuencia, las Erinias reanudaron su persecución, desdeñando las airadas amenazas de Apolo de darles muerte con sus flechas.

h. El destierro de Orestes duró un año, período que debe transcurrir antes que un homicida pueda volver a actuar entre sus conciudadanos. Fue a lugares lejanos, por tierra y mar, perseguido por las incansables Erinias y purificándose constantemente con sangre de cerdos y agua corriente; pero estos ritos sólo conseguían mantener a raya a sus atormentadoras durante una o dos horas y no tardó en perder el juicio. Para comenzar, Hermes le acompañó hasta Trecén, donde se alojó en la que ahora se llama la Casilla de Orestes, situada frente al santuario de Apolo; y poco después nueve trecenios le purificaron en la Roca Sagrada, cerca del templo de Artemis Lobuna; para ello utilizaron el agua de la fuente Hipocrene y la sangre de las víctimas sacrificadas. Un antiguo laurel señala el lugar donde se enterraba después a las víctimas, y los descendientes de esos nueve hombres todavía comen anualmente en la casilla en un día señalado.

i. Frente a la isla de Cránae, a tres estadios de Gitio, hay una piedra no labrada, llamada la piedra de Zeus el Aliviador, en la que se sentó Orestes y por el momento quedó aliviado de su locura. Se dice que también fue purificado en siete arroyos de las cercanías de la italiana Regio, donde construyó un templo, en tres tributarios del Hebro tracio y en el Orontes, que corre más allá de Antioquía.

j. A siete estadios de la carretera de Megalópolis a Mesenia, a la izquierda, muestran un santuario de las Diosas Locas, un título de la Erinias, quienes infligieron a Orestes un ataque de locura; y también un pequeño túmulo, coronado por un dedo de piedra y al que llaman la Tumba del Dedo. Señala el lugar donde, desesperado, se arrancó un dedo de un mordisco para aplacar a las diosas negras, y algunas de ellas por lo menos cambiaron su matiz por el blanco, de modo que Orestes recuperó el juicio. Luego se afeitó la cabeza en un templo cercano llamado Acé, e hizo un sacrificio propiciatorio a las diosas negras y otro de acción de gracias a las blancas. Ahora se acostumbra a hacer sacrificios a las últimas conjuntamente con las Gracias.

k. Luego Orestes fue a vivir entre los azanes y los arcadios de la Llanura Parrasia, la cual juntamente con la ciudad vecina llamada anteriormente Orestasio por su fundador Oresteo, hijo de Licaón, cambió su nombre por el de Orestea. Sin embargo, algunos dicen que Orestea se llamaba anteriormente Azania, y que Orestes fue a vivir allí sólo después de una visita a Atenas. Otros dicen que pasó su destierro en Epiro, donde fundó la ciudad de Argos Oréstica y dio su nombre a los paroraes orestianos, epirotas que habitan en las colinas abruptas de las montañas ilirias.

l. Cuando hubo transcurrido un año Orestes hizo una visita a Atenas, gobernada entonces por su pariente Pandión; o, según dicen algunos, por Demofonte. Se dirigió inmediatamente al templo de Atenea en la Acrópolis, se sentó y abrazó su imagen. Las Erinias negras no tardaron en llegar, jadeantes, pues habían perdido su rastro cuando cruzaba el Istmo. Aunque al principio nadie quiso recibirle porque sufría el odio de los dioses, poco después algunos se animaron a invitarlo a sus casas, donde se sentaba a una mesa separada y bebía de una copa de vino distinta.

m. A las Erinias, que ya habían comenzado a acusarle ante los atenienses, se les unieron pronto Tindáreo y su nieta Erígone hija de Egisto y Clitemestra y, según dicen algunos, también Perileo, primo de Clitemestra e hijo de Icario. Pero Atenea, que había oído la súplica de Orestes desde el Escamandro, su territorio troyano recién adquirido, se apresuró a ir a Atenas, tomó juramento como jueces a los ciudadanos más nobles y convocó al Areópago para que juzgara el que era en aquel momento sólo el segundo caso de homicidio que se presentaba ante él.

n. A su debido tiempo se realizó el juicio. Apolo se presentó como defensor y la mayor de las Erinias como fiscal. En un discurso elocuente Apolo negó la importancia de la maternidad, afirmando que la mujer no era más que el surco inerte en el que el marido deposita su semilla y declaró que la acción de Orestes estaba sobradamente justificada y que el padre era el único progeni tor merecedor de ese nombre. Como los votos se dividieron en partes iguales, Atenea se declaró completamente en favor del padre y su voto decisivo favoreció a Orestes. Absuelto así honorablemente, volvió muy contento a Argólide y juró que sería un fiel aliado de Atenas mientras viviese. Las Erinias, no obstante, lamentaron fuertemente esta abolición de la antigua ley llevada a cabo por unos dioses advenedizos, y Erígone se ahorcó impulsada por la mortificación.

o. Del final de Helena sobreviven otros tres relatos contradictorios. El primero: que en cumplimiento de la profecía de Proteo volvió a Esparta y vivió allí con Menelao en paz, comodidad y prosperidad, hasta que ambos marcharon, cogidos de la mano, a los Campos Elíseos. El segundo: que hizo con él una visita a las taurios y allí Ifigenia los sacrificó a ambos a Artemis. El tercero: que Polixo, viuda del rey Tlepólemo de Rodas, vengó la muerte de éste enviando a algunas de sus sirvientas, disfrazadas de Erinias, a que ahorcaran a Helena.

1. La tradición de que las Erinias de Clitemestra enloquecieron a Orestes no puede ser desechada como una invención de los dramaturgos áticos; quedó establecida demasiado pronto, no solamente en Grecia, sino también en la Magna Grecia. Sin embargo, lo mismo que el crimen de Edipo, por el que le persiguieron las Erinias a muerte, no era el haber matado a su madre, sino el haber causado inadvertidamente su suicidio, así también el asesinato cometido por Orestes parece haber sido de segundo grado solamente:
había faltado a su cédeber filial al no oponerse a la sentencia de muerte dictada por los minicos. Era bastante fácil influir en el ánimo del tribunal, como lo demostraron pronto Menelao y Tindáreo cuando consiguieron la pena de muerte para Orestes.

2. Las Erinías eran la personificación de los remordimientos de conciencia, capaces, como sucede todavía en la pagana Melanesia, de matar a un hombre que ha violado un tabú temeraria o inadvertidamente. O bien se enloquecerá y saltará desde lo alto de un cocotero, o bien, como Orestes, se envolverá la cabeza en un manto y se negará a comer y beber hasta morir de inanición, aunque ninguna otra persona esté informada de su culpabilidad. Pablo habría sufrido una suerte análoga en Damasco de no haber sido por la llegada de Ananías. El método griego común para purificarse de un homicidio ordinario consistía en que el homicida sacrificase un cerdo, y mientras el espíritu de la víctima bebía vorazmente su sangre, se lavase con agua corriente, se afeitase la cabeza para cambiar de aspecto y fuese al destierro durante un año, despistando así al ánima vengativa. Hasta que quedaba purificado de esta manera sus vecinos lo rehuían por considerar que traía mala suerte y no le permitían entrar en sus casas ni compartir su comida, por temor a verse complicados en sus dificultades; además debía tener en cuenta a la familia de la víctima, pues el ánima de ésta podía pedirles que la vengasen. La sangre de una madre, sin embargo, traía consigo una maldición tan poderosa, que no servían los medios de purificación comunes, y, con excepción del suicidio, el medio más extremo era arrancarse un dedo de un mordisco. Esta automutilación parece haber tenido un éxito por lo menos parcial en el caso de Orestes; así también Heracles, para aplacar a la agraviada Hera, se debió arrancar el dedo que, según se dice, perdió mientras peleaba con el León Nemeo. En algunas regiones de los Mares del Sur se cercena siempre la coyuntura de un dedo cuando muere un pariente cercano, aunque haya muerto de muerte natural. En Las Euménides Esquilo disfraza, al parecer, una tradición según la cual Orestes huyó a la Tróade y vivió allí sin que le molestaran las Erinias, bajo la protección de Atenea, en un terreno de aluvión arrancado al Escamandro y por lo tanto liberado de la maldición. ¿Por qué otro motivo había de mencionarse a la Tróade?

3. Las libaciones de vino en vez de sangre, y las ofrendas de pequeños cortes de cabello en vez de toda la cabellera eran enmiendas clásicas de este ritual de apaciguamiento, cuyo significado se olvidó; así como a la costumbre actual de vestir de negro ya no se la relaciona conscientemente con la costumbre antigua de engañar a las ánimas alterando el aspecto normal de uno.

4. El relato imaginativo de Eurípides acerca de lo que sucedió cuando Helena y Menelao volvieron a Micenas no contiene elemento mítico alguno, con excepción de la apoteosis dramática de Helena; Helena como la diosa Luna había sido patrona de los marineros.

Fragmento del libro “Los mitos griegos II”
por Robert Graves

La venganza de Orestes

a. Orestes fue criado por sus cariñosos abuelos Tindáreo y Leda y, de niño, acompañó a Clitemestra e Ifigenia a Aulide. Pero algunos dicen que Clitemestra lo envió a Fócide poco antes del regreso de  Agamenón; y otros que en la víspera del asesinato, Orestes, que entonces tenía diez años de edad, fue salvado por su abnegada nodriza Arsínoe, o Laodamia, o Geilisa, quien envió a su propio hijo a que se acostara en el aposento de los niños de la familia real y dejó que Egisto lo matara en lugar de Orestes. Otros aún dicen que su hermana Electra, ayudada por el anciano preceptor de su padre, lo envolvió en un vestido que tenía bordados animales salvajes, que ella misma había
tejido, y lo sacó a escondidas de la ciudad.

b. Después de mantenerlo oculto durante un tiempo entre los pastores del río Tano, que separa a Argólida de Laconia, el preceptor fue con Orestes a la corte de Estrofio, firme aliado de la Casa de
Atreo, quien gobernaba en Crisa, al pie del monte Parnaso119. Este Estrofio se había casado con la hermana de Agamenón llamada Astíoque, o Anaxibia, o Cindrágora. En Crisa Orestes tuvo por
compañero de juegos a un muchacho aventurero, a saber, el hijo de Estrofio llamado Pílades, que era algo más joven que él, y su amistad estaba destinada a hacerse proverbial. Por el anciano preceptor se enteró con pesar de que el cadáver de Agamenón había sido sacado de la casa y enterrado apresuradamente por Clitemestra, sin las libaciones ni las ramas de mirto, y que a los habitantes de Micenas se les había prohibido asistir al funeral.

c. Egisto reinó en Micenas durante siete años; viajaba en el carro de Agamenón, se sentaba en su trono, empuñaba su cetro, llevaba sus túnicas, dormía en su lecho y dilapidaba sus riquezas. Pero a pesar de todos esos aderezos regios era poco más que un esclavo de  Clitemestra, la verdadera gobernante de Micenas. Cuando se embriagaba solía saltar sobre la tumba de Agamenón y apedrear la lápida mientras gritaba: «¡Ven Orestes, ven a defender lo tuyo!» La verdad era, no obstante, que vivía con un abyecto temor a la venganza, incluso cuando lo rodeaba una guardia extranjera de confianza; no pasaba una sola noche en sueño profundo y había  ofrecido una gran recompensa en oro por el asesinato de Orestes.

d. Electra se había comprometido en casamiento con su primo Castor de Esparta antes de la muerte y semideificación de éste. Aunque los principales príncipes de Grecia aspiraban a su mano, Egisto temía que pudiera dar a luz un hijo que vengara a Agamenón y en consecuencia anunció que no sería aceptado pretendiente alguno. De buena gana habría dado muerte a Electra, que le mostraba un odio implacable, para que no se acostara en secreto con algunos de los funcionarios del palacio y le diera un bastardo, pero Clitemestra, quien no sentía remordimientos de conciencia por su participación en el asesinato de Agamenón, y temía incurrir en el desagrado de los dioses, le prohibió que lo hiciera. Le permitió, sin embargo, que casara a Electra con un campesino de Micenas, quien, por temor a Orestes y porque era naturalmente casto, jamás llegó a consumar esa unión desigual.

e. Así, desatendida por Clitemestra, quien había dado a Egisto tres hijos llamados Erígona, Aletes y la segunda Helena, Electra vivía en una pobreza deshonrosa y sometida a una estrecha y constante
vigilancia. Al final se decidió que, a menos que aceptase su destino, como había hecho su hermana Crisótemis, y se abstuviera de llamar públicamente a Egisto y Clitemestra «adúlteros asesinos», sería desterrada a alguna ciudad lejana y encerrada allí en un calabozo en el que nunca penetrara la luz del sol. Pero Electra despreciaba a Crisótemis por su subordinación y su deslealtad a su padre difunto, y en secreto enviaba frecuentes recordatorios a Orestes de la venganza a la que estaba obligado.

f. Orestes, quien había llegado a la edad viril, hizo una visita al Oráculo de Delfos para preguntar si debía o no destruir a los asesinos de su padre. La respuesta de Apolo, autorizada por Zeus, fue que si no vengaba a Agamenón se convertiría en un paria de la sociedad, se le prohibiría la entrada en todo altar o templo y enfermaría de una lepra que devora la carne y hace que brote en ella un moho blanco. Se le recomendó que hiciera libaciones junto a la tumba de Agamenón, que dejara un rizo de su cabello sobre ella y, sin ayuda de compañía alguna de lanceros, impusiera astutamente el castigo debido a los asesinos. Al mismo tiempo la Pitonisa observó que las Erinias no perdonarían
fácilmente un matricidio y, en consecuencia, en nombre de Apolo, dio a Orestes un arco de asta con el que podría rechazar sus ataques si se hacían insoportables. Después de cumplir sus órdenes, Orestes debía volver a Delfos, donde Apolo le protegería.

g. En el octavo año —o, según algunos, al cabo de veinte años— Orestes volvió en secreto a Micenas, pasando por Atenas, decidido a matar a Egisto y a su madre. Una mañana, acompañado por Pílades, fue a visitar la tumba de Agamenón y allí se cortó un mechón del cabello mientras invocaba a Hermes Infernal, patrono de la paternidad. Al ver que se acercaba un grupo de esclavas, sucias y desgreñadas, para actuar como plañideras, se refugió en un matorral cercano para observarlas. La noche anterior Clitemestra había soñado que daba a luz una serpiente, a la que envolvía en pañales y amamantaba. De pronto gritó en su sueño y alarmó a todo el palacio
declarando que la serpiente le había sacado del pecho sangre además de leche. La opinión de los adivinos con los que consultó fue que había incurrido en la ira de los muertos; y en consecuencia las esclavas plañideras iban en su nombre a hacer libaciones en la tumba de Agamenón, con la esperanza de aplacar a su ánima. Electra, que formaba parte del grupo hizo las libaciones en su propio nombre, no en el de su madre, ofreció a Agamenón plegarias en favor de la venganza y no del perdón, y rogó a Hermes que invocase a la Madre Tierra y los dioses del Infierno para que escucharan su súplica. Al ver el mechón de cabellos colocado sobre la tumba, dedujo que sólo podía pertenecer a Orestes, porque se parecía mucho al suyo en el color y la contextura y porque ninguna otra persona se habría atrevido a hacer semejante ofrenda.

h. Luchando entre la duda y la esperanza, estaba Electra comparando sus pies con la huellas que había dejado Orestes en la arcilla junto a la tumba y descubriendo en ellas un parecido familiar, cuando él salió de su escondite, hizo ver a su hermana que el mechón era suyo y le mostró la túnica con la que había huido de Micenas. Electra lo acogió con gran alegría, y juntos invocaron a su antepasado el Padre Zeus, a quien recordaron que Agamenón le había tributado siempre grandes
honores y que si se extinguiera la Casa de Atreo no quedaría en Micenas nadie que le ofreciera las hecatombes acostumbradas, pues Egisto adoraba a otros dioses.

i. Cuando las esclavas refirieron a Orestes el sueño de Clitemestra, se reconoció a sí mismo en la serpiente y declaró que, en efecto, él desempeñaría el papel de la astuta serpiente y extraería sangre del cuerpo pérfido de su madre. Luego ordenó a Electra que entrara en el palacio y no le dijera a Clitemestra nada de su encuentro; él y Pílades la seguirían poco tiempo después y pedirían hospitalidad en la puerta como extranjeros y suplicantes, simulando que eran focenses y hablando el dialecto parnasiano. Si el portero se negaba a admitirlos, la inhospitalidad de Egisto escandalizaría a la ciudad; si les admitía, no dejarían de vengarse. Poco después Orestes llamó a la puerta del palacio y preguntó por el dueño o la dueña de la casa. Salió  Clitemestra en persona, pero no reconoció a Orestes. Él fingió que era un eolio de Dáulide que le llevaba malas noticias de un tal Estrofio al que había encontrado por casualidad en el camino de Argos; tenía que comunicarle que su hijo Orestes había muerto y que sus cenizas estaban guardadas en una urna de bronce. Estrofio deseaba saber si debía enviarlas a Micenas o enterrarlas en Crisa.

j. Clitemestra hizo entrar inmediatamente a Orestes y ocultando su alegría a los sirvientes, envió a su anciana nodriza, Geilisa, en busca de Egisto, que se hallaba en un templo cercano. Pero Geilisa reconoció a Orestes a pesar del disfraz y, alterando el mensaje, le dijo a Egisto que se regocijase porque ahora podía acudir solo y sin armas a saludar a los portadores de la buena noticia: su enemigo había muerto. Sin sospechar nada, Egisto entró en el palacio donde, para crear una
nueva distracción, acababa de llegar Pílades con una urna de bronce. Le dijo a Clitemestra que esa urna contenía las cenizas de Orestes, que Estrofio había decidido enviar a Micenas. Esta aparente
confirmación del primer mensaje hizo que Egisto confiara por completo, por lo que Orestes no tuvo dificultad para desenvainar su espada y darle muerte. Clitemestra reconoció entonces a su hijo y
trató de aplacarlo descubriéndose el pecho y apelando a su deber filial, pero Orestes la decapitó de un solo golpe con la misma espada y su madre cayó junto al cuerpo de su amante. Erguido sobre los cadáveres, Orestes habló a los sirvientes del palacio, sosteniendo en alto la red todavía manchada con sangre en la que Agamenón había muerto y disculpándose elocuentemente por el asesinato de
Clitemestra, recordándoles su traición y agregando que Egisto había sufrido la sentencia prescrita por la ley para los adúlteron.

k. No satisfecho con matar a Egisto y Clitemestra, Orestes acabó con la segunda Helena, hija de
ambos, y Pílades rechazó a los hijos de Nauplio, que habían venido a socorrer a Egisto.

l. Algunos dicen, no obstante, que estos acontecimientos tuvieron lugar en Argos, en el tercer día
del Festival de Hera, cuando iba a comenzar la procesión de las vírgenes. Egisto había preparado un
banquete para las ninfas cerca de las praderas de los caballos, antes de sacrificar un toro a Hera, y
reunía ramas de mirto para coronarse la cabeza. Se añade que Electra, al encontrar a Orestes junto a
la tumba de Agamenón, no creyó al principio que era su hermano perdido hacía tanto tiempo, a
pesar de la semejanza de su cabello y de la túnica que le mostró. Por fin, una cicatriz que tenía en la
frente le convenció, porque en otro tiempo, cuando eran niños, habían cazado juntos un ciervo y él
se había resbalado y caído, haciéndose un corte en la cabeza con una piedra afilada.

m. Obedeciendo las instrucciones que ella le dio en voz baja, Orestes fue inmediatamente al altar
donde sacrificaban al toro, y cuando Egisto se inclinaba para examinar las entrañas, le cortó la
cabeza con el hacha de los sacrificios. Entretanto Electra, a quien presentó la cabeza, hizo salir a
Clitemestra del palacio, alegando engañosamente que diez días antes había dado un hijo a su
marido campesino, y cuando Clitemestra, ansiosa por ver a su primer nieto, fue a la choza, Orestes,
que la esperaba detrás de la puerta, la mató sin misericordia.

n. Otros, aunque convienen en que el asesinato tuvo lugar en Argos, dicen que Clitemestra envió a
Crisótemis a la tumba de Agamenón con las libaciones, pues había soñado que Agamenón,
resucitado, arrancaba el centro de las manos de Egisto y lo plantaba en tierra tan firmemente que
florecía y echaba ramas que arrojaban sombra en todo el territorio de Micenas. Según este relato, la
noticia que engañó a Egisto y Clitemestra fue que Orestes había muerto accidentalmente cuando
competía en una carrera de carros en los Juegos Píticos, y Orestes no mostró a Electra un mechón,
ni una túnica bordada, ni una cicatriz, como prueba de su identidad, sino el sello de Agamenón,
tallado con un pedazo del hombro de marfil de Pélope.

o. Otros niegan que Orestes matara a Clitemestra con sus propias manos y dicen que la sometió a la
decisión de los jueces, quienes la condenaron a muerte, y que su única culpa, si se le puede llamar
culpa, fue no haber intercedido en su favor.

1. Este es un mito decisivo con numerosas variantes. El olimpianismo se había formado como
una religión de transacción entre el principio matriarcal pre-helénico y el principio
patriarcal helénico; la familia divina se componía al comienzo de seis dioses y seis diosas.
Un equilibrio de poder inquieto se mantuvo hasta que Atenea volvió a nacer de la cabeza de
Zeus, y Dioniso, renacido de su muslo, ocupó el asiento de Hestia en el Consejo divino
; en adelante la preponderancia masculina en todos los debates divinos estaba
asegurada —situación que se reflejaba en la Tierra— y se podía desafiar con buen éxito las
antiguas prerrogativas de las diosas.

2. La herencia matrilineal era uno de los axiomas tomados de la religión pre-helena. Puesto
que todos los reyes tenían que ser necesariamente extranjeros que gobernaban en virtud de
su casamiento con una heredera al trono, los príncipes reales aprendieron a considerar a su
madre como el principal soporte del reino y al matricidio como un crimen inimaginable. Se
les criaba de acuerdo con los ritos de la religión anterior, según la cual el rey sagrado había
sido engañado siempre por su esposa diosa, muerto por su heredero y vengado por su hijo;
sabían que el hijo nunca castigaba a su madre adúltera, quien había actuado con toda la
autoridad de la diosa a la que servía.

3. La antigüedad del mito de Orestes es evidente por su amistad con Pílades, con quien se
halla en exactamente la misma relación que Teseo con Pirítoo. En la versión arcaica era sin
duda un príncipe fócense quien mató ritualmente a Egisto al término de los ocho años de su
reinado y se convirtió en el nuevo rey casándose con Crisótemis, la hija de Clitemestra.

4. Otros rastros denunciadores de la versión arcaica subsisten en Esquilo, Sófocles y
Eurípides. Egisto es muerto durante el festival de la diosa de la Muerte, Hera, mientras corta
ramas de mirto, y lo ultiman como al toro Minos, con un hacha de los sacrificios. La
salvación de Orestes («montañés») por Geilisa en una túnica «bordada con fieras», y la
estada del preceptor entre los pastores de Taños, recuerdan juntos la conocida fábula del
príncipe real envuelto en una túnica y abandonado en una montaña a merced de las fieras y
cuidado por pastores, con la túnica reconocida finalmente, como en el mito de Hipótoo. La sustitución por Geilisa de la víctima regia con su propio hijo se refiere,
quizás, a una etapa de la historia religiosa en que el niño que sustituía anualmente al rey no
era ya miembro del clan real.

5. ¿Hasta qué punto pueden ser aceptadas, por tanto, las características principales le la fábula
tal como las dan los dramaturgos áticos? Aunque es improbable que las Erinias hayan sido
introducidas injustificadamente en el mito —que, como el de Alcmeón y Erifila parece haber sido una advertencia moral contra la menor desobediencia, perjuicio o
insulto que un hijo podía hacer a su madre— es igualmente improbable que Orestes matara
a Clitemestra. Si lo hubiera hecho, Homero sin duda lo habría mencionado y no le habría
llamado «semejante a los dioses»; pero solamente escribe que Orestes mató a Egisto, cuyo
banquete fúnebre celebró conjuntamente con el de su odiada madre.
La Crónica paria tampoco menciona el matricidio en la acusación contra Orestes. Es
probable, por tanto, que Servio haya conservado el verdadero relato: que Orestes, después
de matar a Egisto, se limitó a entregar a Clitemestra a la justicia popular, cosa que
recomienda significativamente Tindáreo en el Orestes de Eurípides. Sin
embargo, ofender a una madre negándose a defender su causa, por malvadamente que
hubiera obrado, bastaba bajo la antigua ley divina para hacer que le persiguieran las Erinias.

6. Parece, en consecuencia, que este mito, que circulaba ampliamente, había colocado a la
madre de una familia en una posición tan fuerte cuando surgía alguna disputa familiar, que
el sacerdocio de Apolo y de Atenea nacida de Zeus (traidora a la vieja religión) decidió
suprimirlo. Lo consiguieron haciendo que Orestes no se limitase a someter a juicio a
Clitemestra, sino que la matase y luego consiguiese la absolución en el tribunal más
venerable de Grecia: con el apoyo de Zeus y la intervención personal de Apolo, quien
también había incitado a Alcmeón a asesinar a su traidora madre, Erifila. La intención de
los sacerdotes era invalidar, de una vez por todas, el axioma religioso de que la maternidad
es más divina que la paternidad.

7. En la revisión el casamiento patrilocal y la descendencia patrílineal se dan por supuestas, y
se desafía con buen éxito a las Erinias. Electra, cuyo nombre, «ámbar», indica el culto
paternal de Apolo Hiperbóreo, contrasta favorablemente con Crisótemis, cuyo nombre
recuerda que el antiguo concepto del derecho matriarcal seguía prevaleciendo en la mayor
parte de Grecia, y cuya «subordinación» a su madre había sido considerada hasta entonces
piadosa y noble. Electra está «por completo en favor del padre», como la Atenea nacida de
Zeus. Además, las Erinias habían intervenido siempre en favor de la madre únicamente; y
Esquilo fuerza el lenguaje cuando habla de las Erinias cargadas con la vengadora sangre
paterna. La amenaza de Apolo de que Orestes enfermaría de lepra si
no mataba a su madre era sumamente atrevida; infligir o curar la lepra había sido desde
hacía mucho tiempo prerrogativa únicamente de la Diosa Blanca Leprea, o Alfito (Diosa
Blanca, capítulo 24). En la continuación no todas las Erinias aceptan el fallo deifico de
Apolo, y Eurípides apacigua a sus espectadoras permitiendo que los Dioscuros sugieran que
los mandatos de Apolo habían sido muy imprudentes.

8. Las grandes variaciones en la escena del reconocimiento y en la trama mediante la cual
Orestes se da maña para matar a Egisto y Clitemestra tienen interés solamente como prueba
de que los dramaturgos clásicos no estaban atados por la tradición. La suya era una nueva
versión de un mito antiguo, y tanto Sófocles como Eurípides trataron de mejorar a Esquilo,
el primero que lo formuló, haciendo la acción más verosímil.

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